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BLANCO Y NEGRO EN MELILLA OBÓNIOA ILUSTRADA DE NUESTROS CORRESPONSALES SEÑORES ARPA T GARCÍA RUFDTO Los hebreos En Tánger como en Fez, en Mequinez como en Tetuán, el mueblo hebreo vive interpolado con el marroquí; la sinagoga ie alza al lado de la mezquita, y el rabino divulga la tradición mosaica mientras el muezzin llama á la oración desde lo alto iel minarete. En las plazas fronterizas de África es grande también el incremento del pueblo de Israel: forman en G- ibralbar importantísima colonia, y dedican se en Melillá á su eterno oficio de mercaderes, que tiene también sus quiebras, como lo stá demostrando la información abierta para depurar responsabilidades en asunto tan feo como el contrabando de armas 2 n la susodicha plaza española. Ni la eterna desgracia, ni la falta de suelo, ni la constante y triste peregrinación del pueblo judío, han cambiado sus caracteres étnicos ó alterado- la caraote- rística. belleza que admiramos en la cara de Jesús y éu el rostro aguileno, pálido y soñador de las jóvenes hebreas. Los rostros femeniles de esta raza que se ven en Tetuán, en Tánger l6l U evocan á la memoria iIV EÉR 10 E 8 B a 4 ¿wi SIF SBM nombres de Buth, de Noemi, de Rebeca y otras mujeres del Antiguo Testamento. He aquí cómo describe Alarcón, en su Biario de un testigo de la guerra de África, á la hebrea Tamo, que conoció en Tetuán: c Hoy vestía algo más sencillae mente que las otras, pero con mayor gusto y elegancia; tanto, que mirada de perfil parecía una estatua egipcia hecha por un griego. Su saya de paño verde, su chai blanco bordado de oro, su tiara adornada de esmeraldas, sus arracadas de corales y topacios, su cabellera de seda, todo conspiraba á engrandecer é idealizar su voluptuosa figura. Su delicada carne contrastaba vivamente con la dureza de los ribetes del corpino. Aquella suave garganta, aquellos brazos, hlaneos como dos rayos de luna (que diría el poeta inglés) y aquel rostro de tan plácido color, rodeado de piedras y metales, parecían formados de leche y hojas de rosa, así como otras perfecciones. de su cuerpo podían compararse á la miel de Himeto servida en taza de oro. Pero hay más: sus negros ojos atraen cuanto miran y piensan y presienten acerca de cuanto ven; su boca tiene la forma del beso, siempre que no se ríe; y cuando Tamo ríe, desfallece su mirada y márcanse dos hoyos en sus mejillas. ¡Sólo que Tamo ríe pocas vecesl