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GUERRILLEROS DE LA MUERTE Allá en el apogeo militar de España, cualquier capitán linajudo con la bolsa exhausta, apuesto y gentil, de porte bizarro y desenvuelto, llegaba á la plaza de un villorrio ó á las eras de un concejo, y con charla maravillosa intercalada entre los redobles del tambor, reclutaba para su compañfa aventureros y gente baldía picada por saborear contrastes ó por reunir algunos ducados con que satisfacer sus vicios ó subvenir á sus aspiraciones. Las guerras de Flandes, duras y enconadas, se ofrecían á los ojos de aquella gente inquieta con sus derivaciones de pingüe botín y de. suculentas estancias. Alemania, rebelde á la fe y al poder del señor D. Carlos de Grante, se la consideraba como la espina amarga de todas las luchas; era allí pobre el suelo, sangriento el pelear, inclemente el cielo, esquiva y mísera la fortuna Borgoña, Lombardía, Ñapóles, Sicilia constituían los ideales del soldado, que orgulloso de su estado, con un coleto pintarrajado, la tizona tronchada, la pica tuerta ó el frasco roto, oía con deleite las ofertas del capitán altivo, gran cristiano y mejor caballero; le seguía por toda la tierra conocida ó por conocer, vivía, luchaba, y al cabo de algún tiempo retomaba á su patria ó acababa sus días en cualquier plaza española, sin dineros, con algún miembro menos, pero con el ánimo fuerte y brioso por haber corrido mundo, visto gentes, matado hombres de todas las razas y gustado placeres nuevos y sabrosos Había en las determinaciones de aquellas huestes, bravas hasta lo increíble, sufridas hasta la exageración, el impulso de la sangre inquieta y bulliciosa, el plus ultra característico de todo pueblo ganoso de gloria; pero junto con todo eso, existían codicias, deseos, ansias sentidas allá en los vagos sueños del mozo, madurados por el sol español, brillante y próvido, lo mismo en el Perchel de Málaga que en las Ventas de Toledo, igual en el Potro de Córdoba que en el atrio de la Encarnación en Madrid. Aquel galán de la soldadesca, animoso, satisfecho, ligero y picaro, canta en su estrofa la filosofía de los Panzas con uniforme en los siglos X V I yXVÍI: A la guerra me lleva mi necesidad; si tuviera dineros, no fuera, en verdad. Había en aquellos elementos que nutrieron los tercios inmortales de la madre Infantería, esperanzas de algo contingente más nobles y de mayor a realce siempre, sin duda alguna, que la soldada mi í serable del suizo, del borgoñón ó del tudesco. Pero en esos seres capitaneados por el intrépido Ariza, en esos guerrilleros de la muerte ¿qué codicia, qué soldada, qué aspiración pueden mover su aliento generoso?