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779 El teniente coronel D. Ángel Mir, jefe del batallón Disciplinarlo El día en que por encargo especial de BLANCO y NEGBO llegué á la casa del Sr. Mir, el bravo militar gozaba los breves momentos que la obligación dejan á la familia. Dos niñas pequeñas y monísimas, verdaderos ángeles del hogar, jugaban formalmente mientras oíamos el relato de lo ocurrido el dia 28. El teniente coronel Mir, desde tal día, es una figura de actualidad y de interés; á él cupo la honra de ordenar el ataque á la bayoneta, llevando á las trincheras ocupadas por el enemigo un batallón de héroes, magnetizados por la v su jefe; tal vez en el fragor de la lucha, eni silbido de las balas y el humo de la pólvora, i por la mente del bravo coronel el recuerd hogar ausente como un cielo lejano, como el suspirado oasis del peregrino. Una bala pasó rozando por su frente, de donde quizás la desvió la oración de un ángel ó una mano misteriosa. íío sé cómo no me mataron aquel dial Tuvimos tantos heridos! me decía el Sr. Mir con sentimiento. Y mientras pronunciaba aquellas palabras, que todos escuchamos con silencio religioso, las dos pequeñuelas reían bulliciosas jugando con las armas de su padre, instrumentos de muerte ayer y juguete inofensivo en las diminutas manos de un niño, j, que aún no sabe lo que significa el nombre terrible de la guerra. J h Prisioneros rifefíos No es la guerra de Melilla una guerra sin cuartel, á lo menos por lo que toca á nuestro valiente ejército. Saben jeso sil nuestros soldados que sí la desgracia les pone en manos de nuestros enemigos, le dejarán éstos tendido y mutilado en el campo, ó le arrastrarán á sus poblados y covachas para que soporte un cautiverio mil veces peor que la muerte. Mas buena prueba de que tan inicuos procedimientos no están en uso entre el ejército de Melilla, es la existencia de varios prisioneros moros en la perrera ó calabozo de Victoria Grande. Mari- Guari, el decano de dichos cautivos, jugó Un papel muy importante como emisario del gobernador de la plaza cerca de las kabilae, y cumplida su misión volvió al calabozo, donde discute y charla con sus compañeros. Dura es siempre la condición del preso, mas dada la vida mísera de estos salvajes, es seguro que encontrarán más cómoda su obscura cautividad que aquel yiviv á salto de mata entre las hojas de la pitera y los de la cañada. La venida de los primeros prisioneros hechos por nuestras tropas produjo entre los soldados recién desembarcados y entre el vecindario de Melilla terrible excitación, rayana en el lynchamiento. Era demasiada generosidad conservar la vida de aquellos salvajes, manchados con la sangre de nuestros soldados. Fué necesaria, pues, la autoridad de los generales y la protección de la guardia civil para que los moros llegasen sanos y salvos á su encierro. Al día siguiente, los generales Maclas y Ortega, en la orden de la plaza, recordaron á los soldados, ebrios de lucha y de venganza, el respeto que todo ejército debe guardar á sus prisioneros de guerra, siquiera en este caso no esperemos reciprocidad alguna de las fanáticas y salvajes kabilas. Por eso es más loable y digna la conducta de nuestro ejército de operaciones.