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BLANCO Y NEGRO EN MELILLA CRÓNICA ILUSTRADA DE NUESTROS CORRESPONSALES SEÑORES ARPA Y GARCÍA Büi- INO El soldado del Disciplinario Los brillantes hechos que el batallón Disciplinario está llevando á efecto en Melilla han dirigido la atención de España hacia aquel puñado de valientes. En la acción memorable del 28, donde el heroico Margallo perdió la vida y tanta sangre generosa cayó sobre la arena africana, 4 la voz de su jefe cargaron tres veces contra la morisma, conquistando con la bayoneta las trincheras ocupadas por loa moros. Los soldados del Disciplinario cumplieron como bravos en ésta como en toda ocasión; una falta ligera, un descuido en el cumplimiento de la Ordenanza, les arrojó de España hasta un puesto de castigo y disciplina; en él han combatido luchando con los moros durante muchas horas de agonía, sufriendo la sed de un día horrible, hasta quedar diezmados, sí, pero vencedores en lid gloriosa, llenos sus trajes de sangre envenenada del rifeño, y vengada la muerte de nuestros hermanos. Tal es el soldado español. Curtido por el sol y por el viento, valiente y entusiasta hasta lo imposible, jamás sentirá temblar el generoso pecho ni volverá la cabeza al oir sobre su frente el silbido de las balas. En las venas lleva sangre generosa que, encendida al calor de la lucha, le hará morir por Dios y por su patria; en la pobre mochila, su pan y su salario y las últimas cartas que le mandó la novia, único lazo que le une á su querida aldea; y al cuello, en el bendito escapulario, la estampa de la Virgen, de la patrona de su pueblo. Jamás le fatigaron las marchas penosas por un camino cubierto de arena abrasadora, lleno de polvo asfixiante, y sin un árbol que preste sombra ni una gota de agua que refresque las fauces ardorosas. Su único recuerdo es el pequeño hogar, la blanca casita con su emparrado verde y sus rejas de enredaderas y claveles rojos; el soldado quiere pelear como un valiente; quiere volver á donde corrieron venturosos sus primeros años, con la licencia en el canuto de colores y la cruz honrosa sobre el pecho como premio á sus servicios por la patria; entonces los chicos le asaltarán para enterarse, y su madre ohl su madre le abrazará emocionada y temblorosa, juntando con la de su hijo la cabeza, donde pasados dolores hicieron asomar una indiscreta cana. I Gloria, pueSj á estos héroes ignorados, á estos pobres hijos del montón que abrazados al ataúd que conduce al cementerio los restos del compañero de infortunio, no saben si esa misma será su suertel ¡G- loria á estos pobres soldados de la patria, hijos del campo ó de la ciudad, criados entre las flores silvestres allá á lo lejos en escondida aldea, tostados por la brisa ardorosa, por los rayos de un sol abrasador que torna en oro las mié Bes y arranca gotas de sudor, enervando los sentidos! Para ellos no habrá lauros, ni sepulcros, ni coronas, únicamente lágrimas, cuando al estrechar entre las manos el fusil, mirando flotar entre los aires la bandera amarilla y roja, pedazo bendecido de la patria, una bala enemiga cruce silbando entre los aires, y al caer inmóviles sobre la tierra sientan escaparse con su vida el último rayo de sus efímeras esperanzas.