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775 á vuestros hogares, padres, madres, esposas y amigos dirán llenos de orgullo al estrecharos en sus brazos: ¡He aquí un valiente! T Y cambiando luego de tono, añadió con expresión franca y risueña: -Lo que es por esta noche no hay más remedio que dormir al raso, porque vuestras tiendas aún las tienen los moros. Mañana, cuando las hayáis tomado, podréis acampar con mas comodidad. La impresión que esta arenga causó entre los oyentes fué hondísima. Al principio, dice un testigo, la interrumpieron vivas y aclamaciones; al final todo el mundo lloraba, mientras el gran batallador, de pie sobre los estribos del árabe corcel, rígido, convulso, inflamado, comunicaba á todos los corazones el entusiasmo heroico de su alma, el calor de su sangre belicosa y la extrema energía de su temperamento. No prodigó en balde el caudillo los recuerdos y las esperanzas en el valor de sus paisanos, que bien lo demostraron al siguiente día los heroicos voluntarios catalanes. Al ponerse en marcha el ejército el 4 de Febrero, y cumpliendo su demanda, fueron colocados en vanguardia del segundo cuerpo, capitaneándolos el general Prim. Así avanzaron por la llanura de Tetuán, desafiando las balas del enemigo, hasta llegar á veinte pasos de las trincheras marroquíes. Pero en aquel instante crítico, cuando sólo faltaban veinte pasos para llegar á las trincheras y eran indispensables la carrera, el ataque decisivo, una zanja pantanosa cubierta de vegetación acuática les cortó el paso. Fué aquel un momento de suprema angustia, porque el impulso estaba dado ya, y ciegos de ardimiento, los primeros voluntarios cayeron, hundiéronse en ella; por añadidura, sobre los que seguían cayó terrible lluvia de plomo, pues los enemigos, ocultos hasta entonces en su parapeto, pusiéronse de pie y les fusilaron á mansalva. Mas todo retroceso era imposible. A los que caen siguen otros y otros, hasta que la zanja se Uena, hasta que ofrece movedizo puente por donde crucen los demás y aun así, aún colmada aquélla, el fuego es tan horrible, las descargas tan nutridas y certeras, que los cien catalanes que quedan aquende la zanja, que tratan de dar el asalto, tienen que detenerse, que tomar alientos para lanzarse á la trinchera. En aquel momento de dolorosa perplejidad, Prim, que á retaguardia dirige el movimiento, lanza su caballo á todo escape. pónese al frente de aquellos soldados, y lanzando rayos por los ojos grítales con voz tremenda y en su idioma propio: ¡Adelante, catalanes! ¡No hay tiempo que perder! ¡Acordaos de vuestra promesa! Y toda vacilación cesó, y aquellos heroicos hijos de España, con su general á la cabeza, cayeron como una avalancha en el campo enemigo. Prim entró por una tronera; los voluntarios encaramáronse por el muro, y á gatas, á rastras, ganaron el parapeto y señorearon la trinchera, después de luchar cuerpea cuerpo general y soldados con los fanáticos defensores de ésta. Pero en la zanja y en el campo dejaron no pocos heridos y muertos, entre ellos el valeroso jefe del batallón, D. Victoriano Sugrañes, y el teniente ayudante del mismo, D. Mariano Moxó. A las veinte horas de haber tomado tierra, ya el plomo enemigo había diezmado aquella hueste. De este modo cumplieron los catalanes en Tetuán la promesa hecha á su general la tarde anterior junto á Fuerte- Martín.