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LOS CATALANES EN ÁFRICA (KECÜEBDO HISTOEICO) Á las cuatro de la tarde del 3 de Febrero de 1860 desembarcó al pie del Fuerte- Martín aquel reducido y brillante batallón que tan alto renombre dejó en los fastos de la guerra de África: el batallón de Voluntarios catalanes. Eran sobre quinientos hombres, todos ellos hijos del Principado, todos vestidos con el típico traje del país: calzón y chaqueta de pana, gorro encarnado de bayeta, canana por cinturón, botas amarillas y manta á la bandolera. Muchos de ellos eran bisoñes, pero algunos habían combatido ya como voluntarios en las legiones francesas, y entre sus oficiales había quien, como Sugrañes, el primer jefe, ostentaba la cruz de San Fernando. En el ejército acampado junto al río Martín despertó su llegada grandísimo entusiasmo. Cuantos catalanes se contaban en él acudieron llenos de júbilo á recibir á sus paisanos, y al frente de ellos Prim, el héroe de los Castillejos, á cuyo cuerpo de ejér cito iban á pertenecer, y á quien habían pedido se les permitiera ir en vanguardia el día de la primer batalla, acontecimiento que estaba bien cercano, pues al siguiente día se dio la memorable de Tetuán. Y era de ver el aspecto que ofrecía aquel cuadro de vivísimas notas de color, aquel conjunto de soldados con distintos uniformes, confundidos, arremolinados en la playa, abrazándose unos á otros, dejando escapar gritos de sorpresa y alegría en distintos idiomas; la grandiosa escena que, iluminada por el sol, presentaba el campo cubierto de blancas tiendas, y el mar sereno y magnífico, en el que flotaban nuestros bajeles. Muy pronto el eco vibrante de la corneta puso fin al vocerío y á la algazara. Los recién llegados alineáronse en correcta formación con sus jefes y oficiales á la cabeza, y la multitud abrió plaza al valiente entre los valientes, al general conde de Reus, que iba á saludar á sus paisanos. Cuantos conocieron á Prim en los mejores tiempos de su juventud aseguran que era de esos hombres que con la mirada, con el gesto, con la actitud tienen el don de subyugar, de magnetizar á sus oyentes. Agregad á eso el ascendiente y el prestigio que le daban una historia militar esmaltada de hermosos hechos y una victoria tan reciente como la de Castillejos, y, sobre todo, añadid el poderoso acicate del amor propio representado por el espíritu provincial, y comprenderéis el valor y la significación que la presencia y las frases de Prim debieron tener para sus paisanos. Montado en árabe caballo, ceñido el cuerpo por modesta levita azul, sin otro adorno que dos placas, cubierta la cabeza por airoso kepis, y sin otras armas que ligero sable corvo, el general colocóse frente á las compañías catalanas, y en su propio dialecto, con el habla enérgica y expresiva de la tierra, más enérgica, si cabe, por el tono con que pronunciaba las palabras, dirigióles aquella memorable arenga, que conservará la historia entre las más elocuentes que ha inspirado la musa de los combates: Catalanes, acabáis de ingresar en un ejército bravo y aguerrido; en el ejército de África, cuyo renombre llena ya el Universo. Habéis llegado á tiempo de combatir al lado de estos valientes. Vuestra responsabilidad es inmensa. Estos bravos que os rodean y que os han recibido con tanto entusiasmo, son los vencedores de veinte combates; han sufrido todo género de fatigas y privaciones, han luchado con el hambre y con los elementos, han dormido meses enteros sobre el fango y bajo la lluvia, han arrostrado la tremenda plaga del cólera, y todo, todo lo han soportado sin murmurar, con soberano valor, con intachable disciplina. Así lo habéis de soportar vosotros. No basta ser valientes; es menester ser humildes, pacientes y subordinados; es menester sufrir y obedecer sin murmurar. Si vuestros jefes os mandan trabajar, á trabajar; si os ordenan atravesar pantanos, atravesadlos; y si fuera preciso ir á Tetuán por el río, jal agua, y hasta Tetuán nadando! Pensad en la tierra que os ha equipado y enviado á esta campaña, pensad en que representáis aquí el honor y la gloria de Cataluña, pensad en que sois depositarios de la bandera de vuestro país No defraudéis sus esperanzas, que son las mías; pero si, por desdicha, lo que no espero, así no fuera, ni uno solo de vosotros volvería á pisar el suelo patrioj aquí moriríais todos antes que mancillar en lo más mínimo el nombre que lleváis. Pero si correspondéis á mis esperanzas y á la de todos vuestros paisanos, al regresar