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LA JURA En época normal, el acto de jurar la bandera es en los cuerpos armados un acontecimiento memorable. Desde el coronel del regimiento al machacante más humilde y desharrapado, se disponen y acicalan para dar realce al acto 6 para presenciarlo plácida y sabrosamente. El quinto lo espera con entusiasmo; él ha oído que la bandera es la patria, que en ella está la gloria y el honor de su regimiento, que por ella debe sacrificarse en toda ocasión, por dura y peligrosa que se le ofrezca. Pero, á decir verdad, el recluta sólo puede afirmar una cosa: que se le humedecen las pupilas y resbala una lágrima por sus mejillas siempre que ve salir del cuarto de banderas, entre marciales acordes, á la voz enérgica del jefe que presenta las armas, aquel paño rojo como la sangre de sus venas y dorado como el sueño de su alma sencillota. No faltan veteranos socarrones y bigotudos que á cambio de pitillos dinamiteros, ó merced á frecuentes visitas á la socorrida cantina, ponen cátedra durante los descansos, y con gentil satisfacción y aire de magister sueltan algo como el siguiente discurso: -Cuando juréis la bandera sus acordaréis de la madre y del padre, del pueblo y de la novia, y de cuanto hay en el mundo j a el corazón que va aquí drento. Ya veréis ya veréis ¡se pasan unas fatigas! T por lo común, el orador se emociona y acaba por volver á la cantina á consolarse de su congoja mediante algunas gotas de amílico. Para el recluta, el jurar la bandera es algo más que un momento emocional, presentido, deseado, acariciado allá en sus vagas y rudas meditaciones. La jura viene á constituir algo así como la confirmación de su carácter militar; no le sacará de su estado de quinto, ni le librará de chanzonetas y pesares, pero al cabo ya podrá gallear un poco, hacer guardias, formar con sus prendas de equipo y aparecer en la plaza pública y en los bailes y jaleos domingueros como soldado hecho y derecho, capaz y apto para alternar con los guapos Imaginaos ahora que un regimiento como el de Extremadura, heredero del viejo y temido tercio El Escalador, tiene que hacer la jura de la bandera en los campos de Melilla, al frente de esos rífenos montaraces y curtidos, cuyas insolencias y matanzas reclaman castigo. El cuadro resulta más hermoso, con mayor bizarría, y los tonos y los personajes ganan en vigor y en relieve. No es ya sólo un acto ceremonioso, brillante y tierno, en el que se rinde la ofrenda más cara al humano, en homenaje á la patria y á sus instituciones. En paz, el juramento conmueve y obliga; pero en guerra, cuando acecha el enemigo y la muerte está frontera, ese juramerito lleva con sus recuerdos y sus emociones el coraje de una idea, la santidad de un sentimiento inculcado en el hogar, embellecido por las aclamaciones populares y avivado con energía avasalladora por el zumbido de la bala enemiga que remaió la vida del compañero, del amigo, del hermano En un lado del campo se halla la fuerza veterana, y á su frente el bravo y caballeroso coronel Serrano Altamira. Los quintos están en un extremo, atentos, temblorosos, enrojecidas las mejillas, ansiosos de que termine aquel momento que tanto les abruma. La bandera ha cruzado por el frente de los batallones entre los ecos de la marcha y los mal contenidos