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74 Sidi- Guariax De él no resta nada. Su nombre resuena en el oído de X los españoles con timbre pavoroso. Dentro de la caseta, en las cañadas, entre las chumberas verdes y los accidenIJ ¡I XLsKaí í VJIf tes del terreno, quedaron muchos hijos de la patria, que por ella dieron su vida. El fuerte, tal como se hallaba al ser atacado por los- Jll moros, era solamente una explanada, donde un centenar de hombres trabajaba febrilmente; una caseta hecha de material estaba para terminarse, y en ella encerrados y perdidos se vieron un montón de valientes españoles, sintiendo las balas cruzar silbando sobre sus cabezas. Allá fuera, un enjambre do fanáticos rífenos les esperaba, aullando como el león de guedejas rubias y ojos centelleantes. Corriendo por la llanura, sueltas las riendas de los ca -x ballos árabes, y al viento los alquiceles blancos, esperaban los bárbaros marroquíes el momento de caer sobre los escasos defensores de la caseta. ¿Cómo salió de su encierro aquel puñado de valientes? Nadie lo sabe. Hoy las obras están arj asadas. Allá, en la noche, cuando la luna brilla levemente entre las olas, que van dejando en la playa su cinturón de espuma, los enemigos de nuestra fe, los asesinos de los soldados españoles, bajan á donde estuvo emplazado el fuerte, y sentados en i las recientes ruinas, regadas con sangre bendita de nues H tros hermanos, quizá se burlan, sin pensar que la patria por quiejí murieron sus nijos es a que venció en Tetuán y Castillejos, en el Serrallo, en Wad- Eas ¡Ei primer cañonazo El día 21 levó andas el Conde de Vetiadito, saliendo de Melilla para, hacer en la costa un reconocimiento. De pronto, dominó el mar el estampido de un cañonazo: su voz aterradora y elocuente era el primer rugido del león español: era el despertar de la patria, que vengaba á sus hijos asesinados. El Venaditú ha sido el primer buque esp. iñol que ha contestado á la agresión de los moros, j desde el día aquél, ni han cesado en su cubierta las maniobras del zafarrancho, ni se han enfriado un solo momento las bocas de fuego enfiladas á la enemiga costa. Protegiendo la retirada de los nuestros ó facilitando su avance, dispersando á la caballería mora y destruyendo aduares rifoños, el Conde de Venadito ha sido el auxiliar más poderoso de la plaza en los combates librados hasta aquí. El acto de disparar el primer cañonazo fué una verdadera solemnidad. Era tan esperada la venganza, era tan aborrecible aqnel silencio de nuestras armas después del primer atentado, que aquel estampido de cañón fué acogido con vítores y aplausos al Venadito primero en Melilla y después en España to ia.