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731 dábale á entender la candida castellana que, si por moro la horrorizaba, como galán aún más le aborrecía. Mal aconsejado él por su pasión, hizo oídos de moro á los desdenes de su Dulcinea, y enterado por la trompa de la Fama de que se daba en el castillo, cascara de su amor, un espléndido baile, ataTÍóse el mozo con sus mejores trapos, no de cristianar, y presentóse de improviso en la sala hecho un ascua de oro y piedras finas. Si su mano izquierda descansaba en el pomo de la damasquina espada, sostenía su dies fepaJe- qse- -hubiera sido, á los ojos de un poeta, una como cristalina y deshecha cascada de perfumada corriente, arrastrando en ella despojos dé tornasolada luz, y que no era, á los ojos de un mortal cualquiera, más que una preciosa botella de cristal de Venecia de preciosas joyas adornada y llena de la soberana esencia de rosas de Alejandría; descripción, si no tan espléndida como la primera, muchísimo más propia para despertar la codicia de una moza, aun siendo cristiana. Diz que un grito de estupor y admiración escapóse de todos los pechos y coloreó el rubor las mejillas de la niña cuando el moro, yendo á ella, se arrodillaba á sus plantas y ofrecíala el deslumbrante obsequio. Tomólo de las suyas con ambas manos la doncella, y dando así sarcástica respuesta á la pregunta tácita del moro, lanzó á sus pies el presente, dejándolo en mil pedazos deshecho, como el corazón del infeliz amante, al tiempo que se llenaba la sala del fragante aroma. Tuerta la cresta salió de la sala el arrogante gallo, y contentándose de aquel día más con el arrullo y el cacareo del gallinero de esclavas que su suerte mora le deparaba, no se atrevió jamás á codiciar ningima de las pollas libres, adorno entonces de nuestra patria. Tal es la tradición. De aquellos polvos vinieron esos lodos. El día de San Marcial, segundo de su fiesta mayor, es el destinado en Canet de Mar para el baile de las morratxas. Antes eran los obreros de la Parroquia quienes se encargaban del entoldado, que consistía únicamente en una vela que cogía la mitad del largo de la calle, cuatro arcos de retama y madroño, unos bancos ofrecidos por sus propietarios, y algunas emblemáticas cornucopias por todo adorno. Hoy la iglesia no toma ninguna parte en la fiesta, siendo las sociedades particulares, ó mejor los casinos, los que promueven el desmenuzamiento de las inocentísimas morratxas. Los administradores que, jóvenes ó viejos, en su carácter de hombres de confianza eran los encargados de ir por las jóvenes, han sido sustituidos por los jóvenes socios, y el entoldado ha perdido mucho de su encantadora sencillez. A las cinco de la tarde entran en el entoldado los que desean sentarse en primera fila. A las seis rompe la música. ÍTo acostumbra el danzante ir él mismo por su pareja, sino que lo encarga en secreto á uno de los jóvenes dispuestos para el caso, y el intermediario, cumpliendo en seguida con su encargo, pregunta en voz baja á la escogida si desea romper morratxas, y llevándosela de bracero, si responde ella afirmativamente, da con ella unas vueltas, despertando la curiosidad de los circunstantes, deseosos todos de saber quién sea él. Cuando considera el otro que llegó el momento, se detiene con su pareja delante del pretendiente, y diciendo su nombre á la muchacha ó casada que ese escogió, se la entrega al momento, y ofreciéndola su brazo él danzante, la pasea con lentitud, como si la mostrara con orgullo á los espectadores. Detiénese de pronto en su paseo; pide morratxas; le son éstas llevadas; coge una el mozo; negael suelo con el agua; la ofrece á su pareja; rómpela ésta, tirándola á sus pies; le es ofrecida otra; rómpela ella con creciente furor; se reanuda el paseo; vuélvese otra vez al juego, y así va ello,