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726 Lo que hay es que, como siempre ocurre, somos muchos para mandar y pocos para obedecer. Nos ciega la impaciencia por lavar el ultraje y aplancharlo. -A las dos horas de recibida la ofensa, dicen los sedientos de venganza, debieron reunii- se en Melilla 40.000 hombres. -Me parece que se le han rodado á usted varios ceros. -No, señor; ¿para qué están los adelantos modernos? ¿para qué sirven los alambres del telégrafo? -Para muchas cosas, pero no para enviar soldados, como no sean funámbulos todos ellos. -Hay un peligro: el Grurugú, que no puede tomarse, según algunos. Yo creo que sí, que se puede tomar. -Pronto lo veremos. ¡Mozo! Tráete dos copas de Grurugú. Sensible es que el castigo tarde en llegar. Porque, enfriada la sangre y más tranquilo el cerebro, muchos que hoy se tragarían al Sultán y tirarían del turbante como de un espárrago, mañana pedirán clemencia para los pobrecitos rífenos, diciendo que agua pasada no mueve molino. Por hoy el entusiasmo sigue en elevación y no se nota en los corazones la entrada del invierno. -Hay que cazarlos como á zorras. -Sí, señor, hay que acabar con ellos sin verter una sola gota de sangre cristiana. -Y eso es bien sencillo (añade el caballero del café, actuando sobre el mármol) si ésta es la plaza y aquél el lugar de emplazamiento del fuerte, se van haciendo poco á poco trincheras paralelas; eso se hace con poco. ¡Ya lo creo! Oon un cuadradillo; como quien raya papel de barbas. ¡Vaya! no sea usted guasón y atienda un poco. ¿Usted cree que en estas condiciones pueden ir seguras las tropas desde la plaza al fuerte? -Hágamelo usted más gráfico. -Mire usted, la plaza es esta esquina del mármol, y el fuerte aquella otra esquina. -Entonces las tropas van segurísimas, sin derramar una sola gota de anisete. El talento Dios lo da. Y así como hay generales que no pueden manejar más de un batallón, hay paisanos que llevan en la cabeza 50.000 hombre? sin que tengan la más pequeña cefalalgia. -Si, señor (sigue hablando el del café) el ministro, el director, todos los generales españoles han nacido p a r a mandar compañías; les pone usted media docena de hombres más, y ya no saben qué hacer con ellos. -Ni yo tampoco; ¿quién se mete con media docena? ¡Ah! pero yo llevo aquí mucha gente. Y se rascaba la sien como un desesperado. LUIS ROYO VILLANOVA (DiBüJoa DB CILLA)