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717 sangrentados cuerpos de los machos, permaneciendo sólo ea pie el delantero, el cual, con los anchos tirantes de cuero rotos, erizada la crin y enarcadas las orejas, parecía la imagen del espanto. El pesado carromato era montón informe de astillas, herraje y tiras de lona, distinguiéndose por entre su siniestra armazón el atlético cuerpo del pobre Pedrín, tan lleno poco antes de vida, ¡ay! ya ensangrentado y presa de la muerte. Un brazo del infeliz, pendiendo del exánime y destrozado tronco, descansaba en tierra; y mientras todo era silencio y quietud en aquella desolación, asomó un puntito negro en la manga de la camisa que cubría el inerte brazo, dos inquietas antenas investigaron un camino, la hormiga que se había amparado en el pliegue del lienzo avanzó gentilmente hacia la muerta mano, recorrió su palma, siguió por el terrible dedazo, y hal óse en tierra i con cuánta alegría! salva de todo accidente. Los forzudos machos, el pesado carromato, el atlético Pedrin, todo yacía destrozado; sólo la débil hormiga movía alegremente sus antenas, como diciendo: ¡qué hermosa es la vida! La brutal fuerza del tren, que arrolló todo el convoy, á ella únicamente no pudo matarla! Sí, pobre Pedrin: ¡si Dios quiere! ¡Algo se puede aprender merendando con un cura! JOSÉ BK R O Ü E E (DIBUJOS DE HUERTAS) INDIFERENCIA La guerra preparaba sus horrores. Un sol de primavera lanzaba sus primeros resplandores y, agradecida al astro, la pradera le ofrecía el perfume. de sus flores. Qué hermoso estaba el dial En el llano y el monte parecía que, cantando la paz del firmamento, corrían por el viento misteriosos murmullos de alegría. La luz se reflejaba con variados vivísimos cambiantes y, al parecer, tenían los soldados bayonetas con puntas de diamantes. Comenzó el tiroteo en las guerrillas con ayes, maldiciones y gemidos, y empezó el movimiento de camillas para quitar de enmedio á los heridos. Las apiñadas masas se movieron en orden de batalla, sonaron las cornetas, escupieron los cañones torrentes de metralla y, al olor de la; sangre, poco á poco fué creciendo la rabia de manera que se iba el más cobarde, medio loco, á matar ó morir, como una fiera. La lucha era reñida y se batía de verdad el cobre. Los huecos se ocupaban en seguida, y en el puesto en que un pobre dio la vida acudía á jugársela otro pobre. Cuando iba á entrar en fuego la reterva, dos jilgueros hablaban lo siguiente al borde de una fuente, limpiándose los picos en li hierba; ¡Hola, amigo! ¿Qué es eso? -Cañonazos. Son seres superiores que se baten. -Pues por mi, que se maten. P u e s por mi, que se caigan á pedazos. -jOtra descarga! -jDos! ¡Anda, morona! ¿Has bebido? -Hace rato. -Pues difponto á dar un vnelecüo por el monte, que la mañana, como ves, ¡es buena! SiNi- sio DELG- iDO: i Del libro Almendras amargas, qun acaba de pubU: ar nuestro querido am go el aisUng- uUo dlrectur de Madrid Cómico.