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716 fiar en toáo á Ipé oáríeteros como íedrín, jóvenes forzudos y buenos mozos. -lA un hombre como yo? preguntó por fin el atleta, haciendo asomar, con una jactanciosa contracción, por el lienzo de su camisa los potentes relieves de sus músculos. A un hombre como tul respondió brevemente el cura. -v; Más fácil que á una hormiga? Más fácil que á una hormiga, si Dios quiere. -Señor cura, ¿eso dicen los latines de la misa? Bso dice la sabiduría de los libros santos. ¡Y tú lo crees también, Engracia? ¡Animal, á ti no hay quien te mate! -Ya lo oye usted, exclamó victorioso Pedrin: ¡á mi no hay quien me mate I Y sus seis forzudas bestias, paradas en la carretera, cabezeaban como afirmándolo, haciendo sonar acompasadamente las esquilas de sus collarones. Pero él inflexible cura añadió: ¡üíás fácil que á una hormiga, si Dios quiere! Exclamación no escuchada por Pedrin, quien ya puesto en pie decía: -Ba, Bneracia, un abrazo, que me voy, pues he de dormir esta noche en Vidueñas, y hay cuatro leguas largas de camino. Toma esa calderilla, y acuérdate de lo que te he dicho. El sábado vuelvo por aquí, y á los que encuentre contigo les hago lo que á las hormigas; si es que, añadió socarronamente, el señor cura me lo permite. -Vete con Dio? y no confíes tanto en tu fuerza, que los árboles se caen y las montañas se descuajan, respondió el sacerdote, volviéndose á limpiar, no falto de motivo, los sentenciosos labios con el consabido pañuelo de hierbas, mientras que Pedrin, quieras que no quieras, y sin respeto á la santidad del testigo, daba ó tomaba de Engracia un abrazo salvaje, seguido de respingos y amenazas de la moza. Después subió al pesado carromato, lanzó un enérgico irriál y los seis machos salieron carretera adelante arrastrando la formidable balumba del vehículo. Y cuando ya se habían alejado algún trecho de la venta, sacó Pedrin la cabeza y gritó con voz burlona: -Señor cura, ¿mi carro, mis machos y yo nos haremos polvo antes que una hormiga? La respuesta del sacerdote no se oyó. El barro de la vasija del vino era muy espeso. Carretera adelante, camino de Vidueñas, fueron adormilados los machos y dormido del todo Pedrin en el fondo del carro una legua tras otra mientras caía la tarde. El lento paso de las bestias y el ronco arrastre de las ruedas del carromato resonaban en la carretera desierta. De pronto el macho delantero tropezó é hizo un esfuerzo para seguir, salvando el rail de la vía, en que había tropezado al embocar, medio dormido, el paso á nivel que cortaba la carretera. Los detnás machos se despertaron al tirón del delantero y se afianzaron para cruzar la vía. Sdbito, un agudo silbido les hizo enarcar con terror las oi- ejas, y un ruido como de desplome les sobrecogió, privándoles de toda otra voluntad que paia la huida. Arreó fuertemente el delantero, salvando la vía y arrastrando en pos de sí á los dos machos que le seguían; los otros tres se ladearon al esfuerzo y se apelotonaron con espanto, después de meter sobre los rails parte del carromata. Fué cosa de un momento: llegó la locomotora, chocu deshizo, saltó, y siguió el tren adelante. Y cuando todo fué, se vio á una mujer, la guardesa del paso á nivel, contemplar aterrada la catástrofe producida por su abandono, y huir como una loca á campo traviesa. A ambos lados de la vía quedaban tendidos los en- 4i