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715 Únieamente una hormiga, atortelada y medrosa, libre al azar de la suerte; escuirióse, sin dar paz sus antenas, á lo largo del dedazo máquina de la matanza, llegó á la palma de la mano, trepó después por el dorso, y escondióse al fin, mal s fura todavía del fialvamentOj en la manga de la basta camisa de lienzo que Pedrín vestía. Allí se hizo un refugio en un pliegue, y se dispuso á reparar con el descanso sus ánimos y BUS fuerzas. A todo esto, Pedrín, que contemplaba la espantosa cohorte de sus victimas, dijo: ¿Sabe usted, señor cura, que Dios no debía de haber echado al mundo estos animaUcos, que se matan á centenares sólo con pasar un dedo, sino que toda debía ser gente fuerte como yo, ó bestias como mis machos, que no hay teinporal que nos tumbe ni enfermedad qae. nos mate? Pero el cura, después de limpiarse con un hei mo 30 pañuelo de hierbas los labios, por haber bebido, y no á la escapada, del panzudo jarro, respondió gravemente: -Todo lo que Dios ha hecho, Pedrín, tenlo siemr re por bien hecho; y más te diré: que si nuestro Señor quiere, más costará matar una hormiga que aniquilar á un hombre. La risa que soltó oyéndolo Pedrín no es para contada, y hasta la Engracia se contagió, porque era muchacha alegre de suyo y dispuesta á acompa-