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LA LEY DEL MÁS EUERTE El macho delantero se paró en firme frente á la venta, y los cinco que le seguían hicieron lo mismo, reculando el de varas sobre el pesado carromato. Asomó por entre las lonas de éste su cabeza Pedrín el carretero, dispuesto á articular un ¡rriál enérgico en desaprobación de la conducta de las bestias; pero divisando la venta, cambió de parecer, y apeándose del carro, encaminóse hacia ella gritando alegremente: ¡Bh, ventera, un jarro de vino viejo para un trajinante que llega muerto de sedl- -No alborotes tanto, enemigo, le respondió el cura de Esclusas, que estaba en la portalada merendando un buen trozo de queso moreno sobre una buena rebanada de pan blanco; todos los carreteros sois lo mismo, amigos de alborotar para que os adviertan las mozas. -Señor cura, le replicó Pedrin, para lo que uno vive, es preciso divertirse, y el hombre que alborota no hace dañó más que á su gaznate: y en cuanto á lo de l s mozas, y vaya que no lo digo por usted, pero también hay quien canta misa y al volverse á decir Ilomiñus voiiseum mira si están en la iglesia todas las del pueblo- -ISÍo despotriques más, le respondió un tanto enojado el cuia, que no hay como tener lengua de carretero paia no dejar cosa santa en su sitio. Si quieres queso y pan, puedo darte, y aquí viene ya la muchacha con el vino. ¡Engracia! dijo Pedrin, saludándola muy expresivamente, esto es, aplicándola con su dura manaza un fuerte pellizco en un brazo; ¡te habías olvidado ya de mí, palomal- ¡Brutol le respondió ella, amenazándole con el jarro; no sé quién te puso á ti Pedrín, siendo más torpe que tus bestias. Y así era verdad, que lo de Pedrín no conformaba bien con aquel muchaehote alto como un roble y fuerte como un castillo, en cuyo moreno rostro, hecho al aire y al sol, la fuerza y la salud parecían cepa de los pocos años. Pedrin, sin incomodarse por el requiebro de la moza, exclamó: -Sepa usted, señor cura, que esta moza está muerta por mí; pero como no hay muías más falsas que las mujeres, ella procura disimular, y en este pleito andamos. ¡Bal déjate de mitologías, articuló gravemente el cura, y vamonos junto á ese pozo de ahí afuera, que está en sombra, yo con mi pan y mi queso y tú con tu jarro de vino, y merendemos como buenos cristianos y compañeros. -Unos chorizos asados hemos de comer también, agregó Pedrin, que nos traerá la Engracia; y diciendo esto, ambos comensales salieron á sentarse cerca del pozo, llevando, por de contado, sus provisiones. A poco salió la Engracia con la fuente de chorizos, y empezó la merienda. -Ya me han dicho ya me han dicho, exclamó Pedrín con la bocaza llena, que toda la carretería viene á esta venta por verte, y que tú á todos les pones buena cara, y que tenéis por las noches pandereta y jolgorio. Pues mira, Engracia, que como yo te coja en una, así esté la venta llena de carreteros, haré con ellos y contigo lo que hago ahora con estas hormigas. E impregnando de saliva el dedazo pulgar de la mano derecha, lo descansó sobre un reguero de hormigas que trepaban trabajosamente por el brocal del pozo, y llevólo después á lo largo de toda la negruzca é inconsistente línea. Fué aquello un verdadero desastre: cayeron innumerables hormigas abarquilladas al suelo; otras se aplastaron sobre la piedra, y ni Troya vio dentro de sus muros hecatombe parecida.