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707 cas, de tinte sombrío, que revelan la sed de reposo, la vuelta á la sencillez primitiva, al arcaísmo del canto llano, como oasis del desierto mundanal. Del Gounod de la 3 isa á Santa Cecilia da todavía idea el retrato de la primera plana, en el cual aparece el maestro joven aún á pesar de los sesenta años, con su fisonomía dulce, abierta, expresiva, llena de atracción, con su hermosísima frente, de donde brotaron veinte años anies las inspiraciones de Fausto, la obra capital. La fotografía de Gounod en su despacho de la plaza de Malesherbes es de este año, la última tal vez que se ha hecho del gran compositor. Una tarde del verano de 1878, después de almorzar en la quinta de Saint- Cloud, estábamos reunidos en el salón del piso bajo el maestro, su familia, el célebre violinista Enrique Wieniawski, Virginia FerniGermano y el autor de estas líneas. Se hizo música, como de costumbre, j la Ferni cantó de un modo admirable la famosa Ave, Mario Wieniawski ejecutaba la parte de violín, Gounod la de armonium, y al lado de los dos eminentes artistas figuraba, en la parte de piano, alguien cuyo nombre me da vergüenza citar. Al terminar la ejecución del Ave, María, de la cual, como se comprenderá fácilmente, conservaré memoria perdurable, la Ferni y Gounod cantaron el dúo del jardín de MÍÍO acompañado al piano por el autor. Gounod cantaba en francés y la Ferni en italiano. Imagínese la media voz de Gayarre, con sordina, y se tendrá idea de la voz de Gounod. Cuanto al acento, á las inflexiones, al estilo de aquel órgano vocal, no es posible figurárselo sino juzgando de auditu. Cuando acabó el dúo aplaudimos entusiasmados, y el maestro, volviéndose á Wieniawski y á mí, nos dijo: -Por mucho que aplaudan ustedes, no me hago ilusiones. He cantado el Fausto del jardín, pero soy siempre el Fausto del prólogo. Parece que Gounod se ha acordado de eso quince años después, al hacerse fotografiar por vez postrera. En efecto; el maestro aparece sentado ante su mesa de despacho, despacho muy diferente por cierto de la desnuda celda que le servía para trabajar en Saint- Cloud. ü n gorro de terciopelo negro cubre la cabeza y hace destacarse más la larga y blanquísima barba que encuadra aquella fisonomía tan hermosa, tan sugestiva, como decimos ahora, en la cual las arrugas marcan la huella indeleble de la vejez. En actitud meditabunda, como si tratara de apoderarse de una idea rebelde que huye de sus afanes artísücos, diríase que Gounod, como el Fausto del magistral prólogo de su ópera, va á decir: Sien! 3 n vain, j interroge, en mon árdante veille, Za nature et le Créateur: Pas nne voix ne glisse a mon oreille Un mot consolatew! Esa palabra consoladora la habrá escuchado ya Gounod en la región donde todo se olvida y todo se perdona, donde las voces ideales, á las cuales él robó varias veces sus acentos, cantarán el final de la primera escena del prólogo de Fausto con la tierna, con la sencilla, con la sublime armonía del artista inmortal, orgullo de Francia y gloria del mundo entero: BáNI SOIT DIBtrI, ANTONIO PEÑA Y GOÑI