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698 Era comandani- e general de la segunda división del segundo cuerpo de ejército D. Enrique O Donnell. Entre sus ayudantes, si no recuerdo mal, figuraban el actual duque de Tetuán y el protagonista del hecho que voy á relatar, entonces comandante Gutiérrez Maturana. ¡Pepe! gritó el general de la división sin mover su cuerpo, que, erguido é impasible, se hallaba sobre los lomos de un soberbio alazán. Y Maturana, tocando á su caballo, se acercó al general por su costado izquierdo. Lo que dijera el jefe al subordinado en voz ni baja ni fuerte, bien pronto se conoció por cuantos formaban parte del grupo. El comandante Grutiérrez Maturana recibía el encargo de hacer un reconocimiento por el frente marroquí, dándosele por toda fuerza la escolta del general, compuesta de quince caballos montados por coraceros y guardias civiles. Un minuto después, cruzando ciénagas y charcas, sorteando matorrales y en medio de una granizada de plomo, perdiéronse á todo galope los dieciséis valientes que media hora después ¿habían de tornar al campamento con los honores que se concei- 5 den por excepción á los héroes. Con el ardor de quienes marchan á desempeñar un cometido honroso, aquellos hombres alentados corrieron y corrieron por su frente, sin reparar en las balas que llovían de todos los puntos ni en el creciente peligro que á cada paso les amagaba. De pronto se vieron envueltos por un enjambre de jinetes árabes que, con aullidos de fiera, al aire el blanco alquicel y esgrimiendo el corvo sable, pregonaban el ansia de carne de perros cristianos que sentían. Maturana aprecia en un ins tante la gravedad de su situación: la muerte amagaba por todas partes; volver grupas era una deshonra; pararse para pelear contra aquella bandada de salvajes, una solemne torpeza. Rápido, nervioso, con voz conmovida y vibrante, se dirige á su gente y la dice: i -Ya lo veis, muchachos, estamos cercados; no tengáis miedo somos pocos, pero vencemos, os lo juro por Dios; seguidme, y os prometo que si alguno cae herido, yo lo recogeré para morir con él ó llevarlo á nuestro campo. ¡Viva España! ¡Viva la Reina! Y arremetiendo contra aquella horda de morazos, cortando, hendiendo y rajando con furor, la brillante escolta se abrió paso y aún pudo perseguir al grupo que huía por retaguardia. Pero en su porfiada pelea, Maturana y su gente habían rebasado la línea mora, cayendo en pleno campo enemigo. Además de esto, el grueso de la caballería marroquí se movió con desesperación y rabia, buscando atajar la retirada y coger á los dieciséis valientes para hacerles pagar cara su audacia. Pero Maturana, ebrio ya de coraje, apenas si mide lo angustioso del momento; levanta el sable, vuelve grupas, grita con frenesí: ¡A ellos! ¡seguid, muchachos! ¡viva España! y formando cuña, entra por los escuadrones árabes, acuchilla, asombra, mata; y cuando con todos sus hombres había logrado perforar aquella masa de corceles, uno de sus soldados cae herido. Fiel á su palabra, refrena el caballo: ¡Seguid vosotros, mientras yo recojo al compañero! vocifera á la escolta. Intenta salvar al herido; acuden los moros; con el sable hiere á uno; mas al ver la avalancha que seguía á un kaid, saca el revólver, dispara, y tiene la fortuna de matarle; otros dos disparos dejan fuera de combate á los dos marroquíes que inmediatamente seguían al jefe. Esta