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UNA RIFEÑA (De fotografía del natural) ¿Quién, es ella? preguntaba el antiguo corregidor castellano siempre que su autoridad tenía que dirimir una disputa ó averiguar un crimen. Y la misma pregunta puede hacerse en todos los países siempre que los humanos ríen ó se desesperan, batallan ó se abrazan. Asi como el beso de la madre ó el escapulario de la novia dan más fuerza y entusiasmo al soldado español, embarcado allá en Málaga, que todos los himnos patrióticos y todo el flamear de las banderas, así también en tierra africana, más que el fanatismo religioso y el odio de vecindad, empujarán acaso á los rifeños los gritos de ánimo y veng. mza de las mujeres, ocupadas, como en el combate del día 2, ya en municionar á los que pelean, ya en. recoger á los que no pueden pelear. Desde que el niño descansa balanceándose en su rústica cuna, canciones de odio á los cristianos hieren su oído, y á su son monótono y constante cierra los ojos; el humo de la pólvora le hará toser; los gritos de guerra le despertarán para romper en llanto; y cuando la madre, para acallarlo, le arrime al pecho, le hará beber, disuelto en el lácteo jugo, todo el odio de raza acrecentado en ocho siglos de guerra santa y latente aún después de cuatrocientos años de vencimiento y sumisión.