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Á OCHO DÍAS VISTA LA G U E R E A D E L MORO ííada tan simpático y conmovedor como el grito unánime lanzado por España entera ante el vil atentado de los rífenos. Miserias de la política, intereses de la región, escamas del contribuyente, todo se dio al olvido ante la común afrenta, y la nación que este verano parecía la capa del estudiante, hecha toda de retazos de diferentes coloresj volvió á ser la España valiente, decidida y legendaria, en que no hay más colores que los nacionales, y aun éstos se han fundido en uno solo, ya que la sangre por un lado y la ira por otro nos mordíamos las economías, como el enfermo de atrabilis se mesa los cabellos y se muerde las uñas. Ya vino el pisotón del otro lado del Estrecho; ¿para qué queríamos más? El león español se lanzó á la pelea con todos sus cachorros, y abrióse al fin en el puerto de Málaga la válvula de seguridad para aquel caldeado y expansivo vapor, que hubiera acabado por reventarnos como á un triquitraque. ¡Bien hayan los moros aun en su mismo atentado salvaje! Si no existiese Dios, decía Voltaire, habría que inventarlo. Si no existiere la ofensa en Melilla, habría que inventarla allí ó en otro sitio. Necesitábamos una cabeza de turco. vXií J- KvC? han cubierto de púrpura la clorótica franja central, haciendo del estandarte rojo y amarillo una bandera del todo roja, como debe serlo toda bandera de combate. No hay mal que por bien no venga, y hasta creo, mirando las cosas despacio, que sin el general disgusto de ayer, no hubiera surgido en toda su hermosura el unánime entusiasmo de hoy. El desacierto de los gobernantes, la inclemencia de los hados, la flacidez de los bolsillos, puestos en prensa por la campaña económica, nos habían colocado en esa violenta situación de ánimo que hace desear una ocasión propicia para descargar fundadamente toda la cólera del pecho y toda la bilis del hígado. Como el malhumorado transeúnte va buscando quien le pegue un pisotón para emprenderla á palos en mitad de la calle, caminábamos los españoles á trancos y barrancos, deseando que cualquiera se metiese con nosotros, y, á falta de ajenas injurias, nos mesábamos los fueros y Ya tenemos una cabeza de moro. Es lo bastante para descargar nuestro mal humor. En la idea de nuestra pobreza común teníamos nuevo acicate para la lucha; nada teníamos que perder. íbamos á emprender la guerra como Alejandro, llevando tan sólo la esperanza, que es el menos incómodo de los bagajes. Por eso el primer jarro de agua lanzado sobre el entusiasmo nacional fué saber por boca del ministro de Hacienda que había dinero en el Tesoro para emprender la campaña y concluirla, por larga que fuese. ¿Había dinero? Pues entonces la guerra ya no tenía gracia, porque nos exponíamos á perderlo. La cuestión era lanzarnos hacia África sin un cuarto, como una bandada de golondrinas.