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685 za, para lo cual Neptuno tendrá que dejar su puesto. Los dioses se van, porque otros dioses vienen. Al dios de las aguas sustituirá el último de los Justicias; á los delfines de la fuente aciual, los nombres de Oerdanes y Lanuzas; al pilón donde el aguador llena sus cubos, la columna que simbolice la muerte de las libertades políticas aragonesas. LA PUERTA DEL CARMEN En Zaragoza todos son balazos me decía hace los trozos arrancados por la granada de los franaños un amigo á quien yo servía de cicerone por ceses. Sana y perfecta, la puerta del Carmen nada allá. diría á los zaragozanos; mutilada y rota, evoca toda Y en efecto: de la guerra de la Independencia, la epopeya de los sitios y parece conservar latente la heroicidad de nuestros de la de Siete años, de las abuelos en aquellos paraalgaradas republicanas, ha mentos desconchados, en las salido la perla del Bbro con chatas esquinas de los fushondas señales en sus pietes y en las líneas repicodras, como el bravo soldateadas que señalan el dintel do sale de las campañas con de los postiguillos. cicatrices. Balazos franceses en la Sólo le falta una cosa: puerta del Carmen y en Sanestar aislada, respetada y ta Engracia, balazos carliscercada como una reliquia, tas en la parroquia de San como en Madrid conservan Pablo, señales de la frustrala puerta del Parque de da sorpresa del 5 de Marzo, Monteleón, con ser, artísbalazos republicanos y del ticamente, menos bella. ejército en el arco de Ciner U E R T A D iL CARMEN Aparte de otras razones, ja y en el puente de Piedra. no está bien que entre hoy Entre todas aquellas mutiladas reliquias, muros el matute por donda el año 8 no pudo entrar el desconchados, efigies rotas y edificios ametrallados, francés, y que la puerta defendida entonces por el nada tan hermoso, y podríamos decir fresco, como fusil de chispa del tío Jorge, se vea hoy vigilada por la Puerta del Carmen, en cuyos macizos sillares to- el prosaico y administrativo pincho de los vigilantes davía existen los blancos huecos que dejaron al caer de consumos. LOS FORASTEROS En Zaragoza no hay baturros. La boina y la gorrilla de paño ha desterrado de las cabezas el pañuelo de seda rojo y negro, liado en cacherulo, como los tapabocas catalanes han matado á las mantas de Tarazona, y la blusa de taller al pintarrajeado ajustador de los días de fiesta. Para ver calzones anchos, fajas moradas y alpargatas muelles atadas con cinco metros de hiladillo, hay que aguardar á que en tiempo de fiestas vengan á Zaragoza los matracos de Cinco Villas, los montañeses de Hecho y los baturros ribereños del Jalón. El primer paquete del equipaje lo forman las velas de cera para la Virgen; la primera moneda que sale del bolsillo es para arrojarla por la verja de la capilla, en donde hubo tiempo que se recogían diariamente algunos cientos de duros, cuaderna por cuaderna. Ahora corren peores tiempos para el labrador, y éste aprieta la bolsa cuanto puede. Como dicen allí, hay que darles en el codo para que abran la m: ino. Y lo que ellos dicen por su parte: -Este Zaragoza está perdió; perra po allá, perra po aquí, en un ¡si ante te gastas un rial. Por eso prefieren las diversiones gratuitas: el bailar de los gigantes, la subida de los aerostáticos grotescos, el paso de la procesión, el estallido de los fuegos artificiales. ¡Rediez! exclamaba un baturro viendo elevarse al primer co hete: ¡qué juerza de hombre! Y otro, mirando al reloj de la Diputación, decía: UÍT MONTAÑÉS xmo DE crsco VILLAS