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LAS FIESTAS DE Mi TIERRA ¿Porqué no decirlo? Cuando después de muchos é inolvidables Pilares pasados allá, á orillas del Ebro, es éste el primer Octubre que se ve transcurrir lejos de Zaragoza, no parece sino que el corazón le baila á uno la jota entre las costillas y que el oído no escucba en todo el día más que la llamada colosal ensordecedora de aquellos centenares de chicos corriendo y gritando delante de los cabezudos: ¡Aquí! ¡aaaquí! Allá, allá, ¡quién pudieral Mas para algo se ha hecho la popular y consoladora copla de nuestros guitarros: Aunque me voy no me voy. aunque me voy no me alejo, aunque me voy en persona no me voy de pensamiento. Con éste ve uno á la Virgen, á nuestra Virgen, á la Pilarica, como la llaman todos menos nosotros, firme en su pilar, lo más sagrado que hay en la tierra, porque es lo único que bajó de lo alto, inmóvil y protectora, escuchando siempre el doble, solemne, imponente y paralelo desfile; por detrás el Ebro respetuoso, que murmura oraciones al pasar; por delante la corriente de devotos, tan pura, tan respetuosa, tan dócil y continua como la corriente del Ebro. i. A yriiGUN- A- 1 cruzar de noche el puente de Piedra para entrar en la S. H. el Pilar, lo primero que se recuerda es también lo primero que se ve: las aguas del Ebro copian invertida la imagen del templo y la hacen temblar, como queriendo llevársela con la corriente; sobre la maciza fábrica del templo se agrupan los cupulines en torno de la cúpula mayor como se agrupan los poUuelos en derredor de la clueca; las luces de la ribera, temblorosas y formadas en fila, parecen ánimas en pena dispuestas á arrojarse al agxia, como para purgarse de pecados en el Jordán de nuestra Virgen; allá, más adentro, por la parte de tierra, las torres de La Seo, de San Miguel, de la Magdalena, de San Pablo, simulan puestos avanzados, guerrillas destacadas del cuartel general, que elevan sus domos y sus medias naranjas sobre el tejado polícromo de la iglesia metropolitana. Las fiestas del Pilar! ¿Cómo no recordar la Salve del día 11, cuando la población entera acude por la noche al templo de la Virgen, y es la calle de Alfonso continuo y bullicioso reguero de gentes? ¿Cómo no recordar la procesión del 12, el Kosario del 13, los toros del 14 y la brillante despedida del día de la Octava, en que ni por casualidad se ve un balcón zaragozano sin sus dos faroles encendidos? Luego todo acaba. Concluye con las garitas de la feria el sonar de las bombas de pito, el soplar de los organillos y el silbido ensordecedor de las chunflainas; despójase la plaza de la Constitución de sus verdores momentáneos, se marchan los tios de los pueblos después de tocar medallas y rosarios sobre el manto de la Virgen, se encierran en la Lonja los gigantes y los cabezudos, y sólo quedan como recuerdo los puestos de castañas, las castañeras que vinieron para el Pilar y aguantan á pie firme todo el invierno con las rodillas metidas en una estera y los farolillos agonizantes con resplandores de luciérnaga y quejidos metálicos que sin cesar les arrancan las clásicas ventoleras de Zaragoza. E L ROSAEIO Cada pueblo tiene su procesión, mas ninguno tiene, como Zaragoza, la procesión nocturna del Santo Rosario, realzado por el brillo de millares de luces y la canturria de infinidad de devotos. Siempre fué éste el núme- insArao