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671- ¡Y veadrá usted bueno! ¿Ek? ¿qué tal? coatinuó el jefe de la familia, D. Gumersindo; perdido de barro y de... Yo callaba á todo y meneaba; la cola. Así quedó todo. Me dirigí á la cocina, y también Leoncia, amenazándome con el palo de la escoba, me decía: -Ahora á mancharme la cocina. ¡Fuera, á su cama! Leoncia era muy capaz de sacudirme de verdad, y entendiéndolo yo así, huí de aquella celtíbera en estado primitivo y armada. Sentía tanta sed, que no podía conciliar el sueño Por otra parte, mis pensamientos eran para ella. Para mi rubia ó mi canela. ¡Cuánto la amaba y cuan desgraciados éramos los dos! Ella, esclava de una señora sola; yo, de una familia oficial; es decir, de la familia de D. Gumersindo, oficial cuarto en no sé cuál dependencia de Hacienda. Para vernos era necesario que nos fuéramos del respectivo hogar. ¡Pero nos queríamos tanto! ¡Cuántos juramentos me había hecho al despedirnos, á través del bozal! Porque ya habrán ustedes conocido que yo era perro á la sazón. Perro feliz, comparado con otros que no estaban matriculados en el gremio, ni tenían casa ni hogar, ni respetabilidad, ni amparo, ni derechos de ciudadano. Pero la pasión me arrastraba, y las escapatorias eran cada vez más frecuentes. ¡T) Gumersindo no es lo que parece! me dijo un compañero de lanas; espiale y te convencerás. ¡Doña Tomasa es una barbiana! me advirtió otro amigo. ¿Y el niño mayor? Se juega hasta el cabello. ¿Y la chica? A las altas horas hablando con el novio por el balcón. (DIBUJO DB G E O S) ¡Y, sin embargo, yo era un tunante, un perdido, un asqueroso, porque me retrasaba algunas horas ó algunos días en volver á casa! Pues bien, me dije, ya desesperado de la injusticia social: yo veré lo que hago. U n día salí detrás de mi ama, que era una jamona arrogante. ¡Yo la vi, yo la vi! que dijo el poeta Garulla, ó no sé cuál, pero también en verso. Mi dueña me reconoció al entrar en la casa de préstamos. Tanto, que cuando yo mordí al infame usurero arrancándole un trozo de pernil del pantalón, ella le tranquihzó, diciendo: -No, no muerde; es Bismarck. ¡Señora, replicó el otro, aun cuando fuera Capriyi, muerde! ¿Qué, yo no lo he sentido? ¿no lo ye usted? ¡Buena paliza me aguarda en casa! imaginé. Otra noche sorprendí á mi dueño, le seguí, y ¡Que haya podido yo ser perro de este hombre! ¡Qué vergüenza! Me presenté delante cuando llegamos á casa, como para decirle: Lo sé todo. ¡Tahúr! ¡esposo infiel! ¡ser repugnante! Cuando desperté, me vi hombre. Pero las sugestiones, la herencia, la lucha por la vida, el medio ambiente y demás, me niegan las condiciones de hombre. Hace pocos días fui á hablar al Congreso y ladré. Y en cuanto oigo ¡pum! ya estoy saliendo en busca de la pieza herida. No he vuelto á ver al autor de este relato, pero me inspira lástima. Porque es horrible vivir un hombre en la incertidumbre de si es perro ó persona, ó vivir un perro ignorando si puede ser persona. EDUARDO DE P A L A C I O CUENTOS BATUREGS, POR GASCÓN ¿Ves aquellas nubes grandes, muy grandes, allá en el monte? -Sí, señor. -Pues siempre que veas esas nubes en sábado, al otro día domingol Hola, Celedoniol Paice que traes la repica de comer bien. ¿Has estau en el convite del deputao? -Si, señor, -Y ¿qué tal? -Mu bien; la comida magnífica. Dimpués del postre han sacau la salvaera con un palico en cada agujero ¿pa qué sería aquello?