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669- -Por mí, que llueva. -Lo que va á llover me paece á mi que es una mano de moqueti. -Maestro, esto no se puede resistir, dice la pobre corista de la ópera. El maestro se impone, y consigue por unos instantes conjurar la tormenta. Hecho el frugal almuerzo, empieza un ensayo en escena con el director. Se trata de una obra nueva; los autores, como es natural, están exigentes; los coros tienen mucho movimiento, y el director aprieta la mano y manda repetir muchísimo los pasajes de tal ó cuál situación, para que no se diga que queda por él. Hay en el coro de cantineras, por ejemplo, un poquito de cancán, y aquí es ella. La corista de ópera se niega á bailar. E l director da cuenta de ello, y la corista conferencia con el empresario. -Mire usted, yo agradezco la bondad con que me ha recibido en su teatro, pero, aunque lo siento mucho, me marcho; esto no es para mí. ¡Ay óperas de mi alma, y Real de mi corazón! -Bien; pero ¿qué es lo que encuentra usted malo en mi casa? -Todo, absolutamente todo. -Gracias. -Menos usted. -Algo es algo. -i Qué horas de ensayo, y qué ensayos tan largos! Y todos los días música nueva. Allí es un gusto: todo se lo sabe una de memoria hace veinte años; y, á no ser que llegue alguna ópera reciente, un repaso al piano, un ensayo de escena, y á casa, hasta la otra. Luego, ese director que tiene usted es inaguantable. Buena persona, yo no me meto en eso, pero ¡qué exigente! Adelante usted el pie derecho; arriba esa cabeza; más arqueado el brazo ese; sonrisa, y sobre todo, movimiento. Muévase usted, señora; ¡que se mueva usted! ¡Mire que está bueno el encargo! En la ópera nadie la dice á usted nada, ni le da voces, ni le indica dónde se ha de colocar, porque ya lo sabe una; y además, que el movimiento está reñido con el canto formal. Sale usted por el bastidor con las compañeras y se coloca en fila junto al trono, si lo tiene la obra, y si no lo tiene, lo mismo; los hombres se colocan en fila también, frente á nosotras, y á cantar mirando la batuta. ¿Movimiento? Ninguno. Lo másalo más, quitar la mano derecha del estómago para poner la izquierda; porque, no crea usted, hay veces que se nos duerme de tenerla quieta tanto rato. De vestir no hablemos: allí todo el mundo tira á arroparnos, y aquí á que nos desnudemos. Si sale usted de dama y siente frío, pues se pone usted una camiseta de linón ó de lana, si á mano viene, cuando no es la toquilla de estambre, aunque lleve usted traje de corte, escotado, porque la salud es lo primero, y si pesca usted una ronquera, á ver quién canta por usted. Ni nadie le pide que se sonría y le dé expresión al rostro. ¿Sonreimos? Parecería que nos timábamos con los abonados. Nada, nada; la cara impasible. ¿Que al tenor lé dan una puñalada en el final de Un hallo? Que le den doscientas. Ya sabe una que es de mentirijillas. ¿Que vienen á robarnos unos bandidos? Pues salimos huyendo al paso, que el correr fatiga, y sin respiración no se puede cantar. Ya verá usted cómo llega lo que voy á decirle, y eso es lo que Dios manda: alas que estamos criando se nos permitirá dentro de poco cantar sentadas en la escena y con el niño al pecho, aunque representemos monjas. -Pero, señora- -El alimento de los hijos es lo primero, y la lactancia no está reñida con el arte. Además, yo no puedo alternar con las niñitas esas que tiene usted en su teatro; allí también reñimos y hablamos las unas pestes de las otras, y nos vaqueteamos si es preciso, después de habernos dicho doscientas picardías, que, al fin y al cabo, mujeres somos como las demás; pero hacemos todo eso sotto voce, con decoro artístico, como deben hacerse las cosas. -Conque lo dicho, repito las gracias, pero me voy á casa, y muy mal me he de ver para decidirme á entrar nuevamente en teatruchos de esta clase. ¡Opera de mis entretelas! Esta conversación con el empresario me releva del compromiso de dibujar á la corista de ópera, porque ella misma se ha retratado con escrupulosa fidelidad. Réstame decir que no todas las coristas de la ópera son como ésta. RAFAEL M A R Í A L I E R N (DIBUJOS DE M E C A C H I S)