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TIPOS DE LA ÓPERA LA CORISTA ARA hacer un retrato fiel de la corista de ópera, no habría más que retratar con exactitud á la del teatro por horas, y decir como el sargento de marras: (cEso mismo, salvo que es todo lo contrario. Í El teatro pequeño exige á las coristas belleza, juventud y desparpajo. El de ópera, TOZ y repertorio. Si á estas condiciones logra unirse la hermosura, miel sobre hojuelas. Pero es difícil. El repertorio se adquiere á fuerza de años y cuando la corista llega al desiderátum del maestro director ya está en edad madura. Sin ofender á esta clase respetabilísima, puede asegurarse que sumando los años de treinta coristas se obtendría un resultado de catorce siglos, y me quedo corto. La corista de ópera no se aclimata en el teatro chico; cuando la necesidad la obliga á contratarse, durante la clausura del Eeal, en algún teatro primaveral ó veraniego de aquella índole, no hace en e l los huesos duros, como vulgarmente se dice. ¿Quiere usted que se dé espontáneamente de baja en el personal de la compañía? No tiene usted más que ponerla de golondrina en la revista De Madrid á París, ó de mariposa en cualquier revista. Si el director de escena la considera y distingue, ya porque realmente su voz hace resaltar la sonoridad de los coros, ya porque tenga alguna valiosa influencia, la destina siempre al pelotón de las gordas, aunque sea delgada, porque las coristas de muchas libras no se visten de mallas en ningún teatro. Por regla general figuran en el ¿íí- iíporfáijas éí a. s; que mmca falta una escena en el Salón del Prado ó en la Plaza Mayor, en las revistas al uso, donde las nodrizas cantan una polka con acompañamiento de reclutas. Si la recomendación parte de algún concejal, la corista está indultada. Así se llama á la impunidad en el argot de los teatros. Una corista con apoyo municipal hace lo que le da la gana; está garantizada por un año, como los relojes. La manda usted vestir de trusa: calla, acepta el traje de manos de la sastra, pero no se viste. No va al teatro aquella noche; y al día siguiente, antes de que pueda usted regañarla, le exhibe la tarjeta de excusas del concejal consabido. ¿Y qxié va usted á hacer? ¿Ponerse mal con el ayuntamiento? ¿Para qué? ¿Para que no le dejo vivir el Segundo del distrito si atrasa usted quince minutos la terminación del espectáculo? ¡Cá! Que se vista de mallas, si quiere, y si no, que haga su voluntad santísima, Pero por grandes que sean las consideraciones que tenga con la corista el director de escena, ella se aburre y abandona el puesto. No puede resistir las pullas de las pequeñas, que la llaman vieja á todas horas y que la saludan en italiano. Efectivamente, las más listas, aquellas que por su figura y su aquél privan en la escena del teatro pequeño, en cuanto ven que- llega la corista de ópera, se ponen á decir: -Biion giorno; ¿comme state? Si la italiana se quema, ya le ha caído que hacer. -Oye Petra, ¿qué te has traído para almorzar? -SalcMchone, responde Petra. ¿Y tú? -Escabechi crudi y un cacho de rosqui. Prudente la italiana, traga quina en silencio. -Oj e ¿y vas á tomar café? ¡Ya lo creo, con gotti! ¡Dichosa tú! ¡Yo, como no tengo ni un mal alguacilillo que me proteja- ¡Si fueras concejala casi, casi, como algunas! La italiana está que un color se le viene y se le va otro. -Me paece que se recarga la amósfera ¿xV qué dirás que Imele? -A bofetá limpia.