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666 En fin, la última sesión que tuvimos fué la víspera de su boda. Estaba vestida como siempre, con un traje de terciopelo azul el cuerpo, y la falda de no sé qué tela cuyo color casaba muy bien con el azul obscuro del corpino. En el mismo gabinete habla una porción de trajes de baile, de paseo, de teatro, recién llegados de París: ¡pues no los miraba siquiera! Estaba más triste que nunca y más pálida también; tenia en las sienes un tono de nácar, y en los ojos una nieblecilla de lágrimas Cuando me despedí de ella, quise decirla algo; no felicitarla por su boda, que esto hubiera sido sangriento; pero, en fin, ¡algo! Como, afortunadamente, en cuanto terminase la ceremonia saldrían para el extranjero, se me ocurrió desearle feliz viaje al estrechar su mano; me dijo gracias y se volvió en seguida para llorar. Salí de la habitación metiéndome los pinceles por los ojos, para que si alguien me veía llorando á mí también le echase la culpa al desavío de los pinceles. Efectivamente, la Marquesa salió á mi encuentro para decirme que al día siguiente me mandaría el lienzo con un criado; y es que, como sabéis, tenia que terminar aquí, en el estudio, la parte del vestido que no había hecho más que manchar. Al efecto, quedó también la Marquesa en remitirme el corpino azul de Eosario para copiarlo puesto en un maniquí. Os juro que pasé todo el día pensando en mi pobre modelo, tan cruelmente sacrificada á la riqueza y al orgullo; sí, todo el día, y cuando llegó la noche ¡cuando llegó la noche también psnsaba en ella! ¡Algunos padres no tienen corazón! ¡Ah, raza de señores de horca y cuchillo, lástima que no se os caiga encima la soberbia y os aplaste! Ahora os cuento á vosotros todo esto con mucha calma; pero entonces ¡si me hubieseis visto entonces pasearme por el estudio con los puños cerrados y lanzando miradas de muerte á diestro y siniestro! Me acosté á las doce; hacia una noche de helada terrible, pero yo tenia calor, mucho calor; estaba febril, nervioso y excitado. Salté de la cama y continué mis paseos por el estudio. Entraba la luz de la luna por esa ventana; una claridad de nácar, como las sienes de Eosarito. Sería cerca de la una y media de la noche; apoyé la frente en los helados cristales de la ventana y me puse á canturrear, sin darme cuenta de ello: Me casó mi madre, como cantan las niñas en los corros: me casó mi madre chiquita y bonita, ¡ay! ¡ay! ¡ay! chiquita y bonita. ¡Ya veis qué tontería! Conociendo perfectamente la topografía de esos tejados, miraba al de Eosarito y seguía cantando: Con un muchachito, con un muchachito que yo no quería, ¡ay! ¡ay! ¡ay! que yo no quería. ¿Pues querréis creer que la música de esa canción infantil me daba entonces ganas de llorar? Y nada; yo seguía canturreando, sin apartar los ojos del tejado del palacio de Agrasol. Entonces vi ¡cuidado que lo vi, no se os figure que fué ilusión! que de aquella chimenea aislada, de aquélla, no de ninguna de las cinco que forman grupo en el mismo tejado, empezó á salir un poco de humo muy tenue, muy tenue. Después el humo se fué espesando, y ya formó una columna que se retorcía. La columna se dividió en dos, como si fuesen dos brazos; dos brazos desesperados que se alzaban al cielo con movimientos y torsiones de angustia De los brazos surgieron, deshilachándose el humo que los formaba, manos crispadas que parecían querer asirse á algo con esfuerzo supremo, y cuyos dedos se doblaban, fingiendo horribles contracciones de dolor; y todo aquel desgarrador conjunto iba subiendo por el espacio como un penetrante grito de ¡socorro! como una lucha desesperada de algo que no quería morir, acabar ni deshacerse: de un amor, de una vida, de una esperanza. Al fin el humo se fué perdiendo y borrando en la serenidad del espacio, y yo, con la frente apoyada en los helados cristales, pensé en Eosarito y sentí que el frío del cristal me habla penetrado hasta el alma. Al siguiente día, como estaba anunciado, se celebró la boda, y la Marquesa, fiel á su palabra, me envió el lienzo y el corpiño azul de Eosarito. Antes de colocar éste en el maniquí, pensando en las bellezas que tantas veces había acariciado, me entretuve en aspirar el perfume femenino que exhalaba, registrando á la vez con la mirada todas las huellas del cuerpo que había tenido prisionero. Este examen, que realicé, aunque os sonriáis, más con ojos de artista que de hombre, me llevó á descubrir un bolsillito muy oculto en el forro de seda, y que venia á caer encima precisamente del corazón. ¿Qué fui indiscreto? Es verdad; pero encontré un papel muy doblado que os podría enseñar, y en el cual dice una escritura como de mano temblorosa de mujer: Dos de la mañana. He quemado todas sus cartas, ¡todas! Pero me es imposible no quererle y ya no hay esperanza. ¡Que Dios tenga compasión de mí! ¡Ay! Aquel humo que vi salir de esa chimenea aislada fingiendo manos crispadas y brazos que se retorcían, era el grito de ¡socorro! de un amor que sucumbía luchando. Era el hum. o de las cartas que quemó Eosarito la noche antes de casarse; de aquellas cartas que le escribió su primo, mandándole mil besos en cada frase ¡Bahl Todo acaba así en esta vida; y aunque luche desesperadamente, al elevarse, el humo de nuestra última esperanza, al fin se borra y se pierde en la serenidad del espacio. Esto dijo el pintor. Ahora, prometadme que no lo consideraréis como una extravagancia mía si os repito que el humo vive, que el humo siente, que el humo expresa. JOSÉ DE E O U E E rDiBDJOS DE MÉNDEZ BEINQA)