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EL HUMO íío consideréis como una extravagancia mía lo que voy á deciros: ¡el humo vive, el humo siente, el humo expresal Lo habéis conceptuado siempre como la representación más gráfica de la inconstancia, y es la imagen más acabada de lo eterno. De un sentimiento, de un cariño que se extingue, decís que se disipa como el humo y el humo es la expresión perfecta de los sentimientos, de los cariños que nunca terminan. Bu cuanto el hombre ha recordado á Dios, fundando un culto para adorarle, el humo ha subido por el espacio llevando en sus alas las infinitas ansias de las almas vueltas hacia el cielo. No hay religión sin ara, ara sin fuego, fuego sin humo. El que ascendía como ofrenda á los dioses de las religiones primitivas, es el mismo que hoy queda cautivo entre los gigantes muros de nuestras catedrales. Esparcíase aquél en el seno de la Naturaleza, surgiendo del ara rústica donde se calcinaba el cuerpo de la víctima; flota éste en las altas bóvedas de nuestros templos católicos y quiere subir más, pero no puede. Todo el sublime empeño del arte gótico fué ese: elevar las bóvedas de las catedrales para que el humo suba. Así, el que quiere orar busca la iglesia gótica, en cuyas altas bóvedas el humo del incienso y la oración son dos perfumes muy lejos ya del aliento de los hombres. El humo salvaría á Luzbel, si Luzbel pudiera salvarse. Cuando cayó, con el peso de su pecado, desde el cielo al abismo y se hundió en éste, lo mismo que salpica el agua al sumergirse en ella rápidamente un cuerpo, Luzbel salpicó la sombra. Ascendió al golpe, como columna de espesísimo humo, el jirón salpicado del abismo; y al verlo Luzbel subir hacia las regiones luminosas que él había abandonado, pensando que no todo se hundía en su caída, aún se abrió en su alma la esperanza del perdón. Por eso, pensadlo bien, el humo es el único cuerpo de la Naturaleza que se eleva y no vuelve á caer, porque es la esperanza de perdón de todos los desterrados de allá arriba. Pensadlo bien: se eleva y no vuelve á caer, porque es la esperanza. Como ella, sube eternamente; por ella vive; lo que ella siente. ¡Ved, pues, todo lo que expresa! Era una tarde de calor sofocante. Enervados y perezosos estábamos varios amigos en el estudio de un pintor, sin que la languidez que sentíamos nos permitiera ni aun apreciar, mediante una contemplación sostenida, las genialidades artísticas que adornaban las paredes del estudio. Por el techo encristalado de éste llovía fuego, aunque un inmenso toldo de lienzo pretendiera ampararnos contra aquel chaparrón de abrasadora luz. Enfrente de mi había una gi an ventana abierta, mas por la cual no entraba ni un soplo siquiera de aire. Arrastrándome perezosamente me asomé á ella, y la reflexión de la luz me hizo cerrar rápidamente los ojos. El estudio estaba en el último piso de una de las casas más altas de Madrid, y desde la ventana á que me asomé se contemplaba un vercíadero desierto de tejados. Rebotaban los rayos del sol sobre las tejas, y una humareda brillante fluía de la abrasada superficie de éstas, siendo ese sutil y luminoso vapor lo único que se agitaba en aquella inmensa extensión de un color rojizo sucio. Aquí y allá, sobre la llanura apenas accidentada que formaban los tejados, se alzaban las chimeneas, unas en grupos, solitarias otras. Cuatro había de distintos tamaños y perfectamente alineadas, que parecían cuatro ohicuelos de distintas edades yendo á la escuela; otra solitaria vi hacia mi derecha, que se inclinaba como un viejo cansado de la vida. De ninguna de ellas se escapaba la más ligera columnilla de humo. ¡Dios mío, qué horrible es esto! exclamé dirigiéndome al pintor dueño del estudio. No sé cómo puedes contemplar á todas horas este abrumador panorama sin que el spleen que produce su vista no te arrastre al suicidio: tejados, tejados, tejados el mismo tono rojizo, la misma monotonía, las mismas lineas negras de los tubos de las chimeneas, que parecen los restos dispersos de un ejército formado en noche de pesadilla, y todo mudo, tranquilo, inerte, sin contraste de color, sin movimiento, sin vida.