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662 Pero no hay que precipitar los acontecimientos, como dicen los novelistas por entregas. Ya irán saliendo sus cualidades brillantes con el método debido. En el ánimo del camarero produce una admiración que raya en idolatría. El camarero sirve al sabio mejor y más pronto que á nadie, se excede en las gotas, le trae los periódicos de la casa, le sirve dos cafés por uno, acecha el momento de darle una cerilla para el coracero de rigo y descuida notablemente el servicio de las otras mesas por oir embobado los discursos del grande hombre. Los tertulianos del sabio conservan á éste el mejor sitio, la presidencia, como si dijéramos. Se habla mal del Grobierno (del Grobierno se habla mal siempre) y en seguida salta el sabio y dice: -Cansado estoy de decirle á Sagasta (ó Cánovas) lo que ha de hacer, y como si no. La cosa no puede ser más fácil. Y con facilidad de palabra y abundancia de razones formula todo un programa de gobierno con el cual se haría infaliblemente la felicidad del país. Pero no quieren hacerle caso, y así anda ello. En artes y en literatura tiene una imaginación y un sentido crítico que pasman. A él no le dan gato por liebre; sabe poner los puntos sobre las ies, y no se entusiasma con cualquier cosa. (iQuiénes son Moreno Carbonero, Pradilla, Echegaray, Campoamor, Núñez de Arce, Valera? Unos infelices, ó poco menos. Hay quien los tiene por eminencias, y no pasan de ser unas medianías íío crea el lector que exagero. Cosas de ese calibre, y aún más gordas, las dice el sabio de café con la más imperturbable serenidad, dentro siempre de una gravedad cómica, que es el rasgo más saliente de su carácter. So es ignorante por completo; él ha oído campanas, aunque no sabe dónde; es decir, ha leído algo, aunque sin preparación y sin método, por lo cual no ha podido digerir sus incompletas y atropelladas lecturas. Tiene un ligerísimo baño de cultura artificial, de esa cultura servida á domicilio en libros baraios y superficiales. Lo que en un hombre medianamente discreto serviría para escuchar con provecho y hacer á lo sumo alguna ligera observación, sirve en él (ó le sirve á él) para desbarrar sin tino. Lo que más asombra es la universalidad de sus conocimientos. De todo entiende, y habla de todo mejor y más extensamente que nadie. No hay que contradecirle, porque entonces se pone furioso. Es de los que creen que porfiar es discutir, de los que accionan y gesticulan como los cómicos malos, gritan que se las pelan y evidencian á las primeras de cambio su falta de educación. En materias científicas hace gala de bastísima erudición. Constantemente está citando autores nacionales y extranjeros, extranjeros sobre todo, á los cuales autores atribuye caprichosamente las más peregrinas ideas y teorías. Lo que procedía después de esas citas era citarle á él á juicio de faltas, por calumniador. Pero el sabio de café cuenta con la impunidad, por benevolencia en unas ocasiones, por cortesía en otras, y por causar verdadera admiración las más de las veces. Esto último mide el nivel intelectual de su habitual auditorio. En cierta ocasión entré en un café de la Puerta del Sol á buscar á un amigo. Encontróle en compañía de varios caballeros, uno de los cuales, de barba negra, pelo encrespado y mirada altiva, gritaba y gesticulaba como un furioso. Habló largo y tendido, trató de veinticinco mil cuestio- -1 nes, redujo á sus oyentes al silencio, y por último se marchó con aire majestuoso y triunfante. -Oye, ¿quién es ese que habla tanto y tan fuerte? pregunté á mi amigo. -Un sabio. ¿Y en qué se ocupa, qué es? -Es escribiente temporero del ayuntamiento de Madrid; creo que por recomendación del doctor Ezquerdo. ¿Está loco? -Tiene temporadas. FEANOISCO FL 0 KE 8 GAECIA (DIBUJOS DE G E O S)