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659 La prensa da cuenta estos días de las brillantes campañas realizadas en sus respectivos distritos por los señores tenientes de alcalde. De cuando en cuando recuerdan estos apreciables funcionarios que para algo son autoridad, y se disponen á ir de tiendas requiriendo antes el bastón, no sin limpiarle el puño con una gamuza y arreglarle el trenzado de los cordones. El resultado de estas batidas por los mostradores nos convence de que todo anda perdido por ahí; cuando no nos dan género averiado, nos engañan en el peso ó en la medida. Muchas veces murmuramos de las criadas por la sisa, y los horteras son los únicos responsables del siseo. El público, sin embargo, con la adorable costumbre de ponerse frente á la autoridad, hace casi siempre causa común con los tenderos. -Pero, vamos á ver, clama impaciente una maritornes: ¿me despacha usted ó no me despacha? -Aguarda un momento, dice el de la tienda; el señor es autoridad y hay que atenderle. Cumplida su misión, se marchan los de ayuntamiento y pregunta la criada, viendo salir la comitiva: ¿Y á qué ha venido ese tío? ¿A qué ha de venir? á lo de siempre: á quitarme un peso de encima. Otras veces no son los pesos, son los géneros los recogidos, porque huelen que apestan. La prensa da noticias de la cantidad de artículos decomisados, y luego añade: Los artículos recogidos ayer por el teniente de alcalde han sido distribuidos entre los pobres del distrito ¡Infelices! exclama el lector, van á morir de un empacho de caridad. Este género de visitas es por todo extremo digno de aplauso. Todo lo que vaya contra la gente de peso, es ejemplarísimo y de un saludable efecto moral. Por eso la autoridad local hace divinamente en tomar de Pascuas á Ramos esta clase de medidas, y de pesos también. En dos ó tres meses no vuelven á olerse géneros averiados ni andan torpes las balanzas de mostrador. Mas tampoco debe abusarse de las facultades aprehensivas. El oportunismo ante todo. Según como caigan las pesas, así debe proceder la autoridad. Seguimos creyendo que la muerte se cierne sobre Bilbao. ¡Ouán triste es eso de ver á la muerte cernida, como la harina de primera clase! Y lo raro del caso es que no lleva guadaña, porque el tiempo de la siega ya pasó, sino un tenedorcillo de comer ostras. Efectivamente: á este marisco, inofensivo hasta ahora, se atribuyen todos los horrores de la epidemia presente. No se trata, pues, del cólera riostras, sino de algo menos: el cólera ostras. Gedeón está escribiendo con este motivo un luminoso informe declarando, á la faz de la Academia de Medicina y de España entera, que es peligrosísimo en estas circunstancias comer ostras, so- bre todo con conchas y todo. Lo níejor es sonarlas en la mesa antes de echarlas el li- i pi món, para ver si dan ó no dan- i f sonido colérico. Hay otros que las prueban con la lengua antes de abrirlas. -No sea usted puerco, le dicen; ¿para qué chupa usted eso? -Para ver si es de la cascara amarga. Y véase como volvemos á las costumbres políticas de la antigüedad. En Grecia se votaba la expatriación por medio de conchas de ostra. La declaración del cólera bilbaíno se ha hecho también por el mismo clásico sistema. Es un neo- ostracismoj sino que al revés. Aquello era alejarle á uno de su país. Esto es alejar á todo el país del punto infestado. (DIBUJOS jm CILLA) Luis ROYO VILLANO VA