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A OCHO DÍAS VISTA El segundo Milenario. Calamitatis e t mlserise Las d e s g r a c i a s públicas. -Los personajes heridos. -La dinamita. -Las c a m p a ñ a s de los t e n i e n t e s de alcalde. -La a u t o r i d a d de tiendas -Epidemia bilbaína. El cólera- ostras. -Renacimiento clásico. -El neo- ostracismo. Todos aquellos temores, sobresaltos y continuas zozobras que atacaron á los humanos cuando se aproximaba el año 1000, asaltan ahora á los españoles, que ya vamos perdiendo nuestro carácter jovial y festivo de suyo, para tornarnos silenciosos y huraños como los frailes de la Cartuja. -Morir habernos, decimos al encontrarnos con ó sin impermeable. -Ya lo sabemos, responde el otro interlocutor, aunque ignoramos el género de muerte que nos tienen destinado el anarquismo ó la Providencia. A desgracias generales como el cólera, los motines, las inundaciones y otras calamitatis et misence (como dice el himno sagrado) han sucedido desgracias particulares como la de Martínez Campos y Sagasta, no menos tristes y deplorables por recaer sobre una sola personalidad. Porque así como el accidente, ocurrido al jefe de un ejército produce en éste mayores trastornos que la muerte de cien soldados, la desgracia que cae sobre los que de un modo ú otro rigen los destinos del país, producen entre los subditos temores, miedos, pánicos y decaimientos innumerables. Desde que el presidente del Consejo tuvo la desgracia de torcerse un pie, todos tememos dar un mal paso y miramos á los adoquines con más respeto. Estará ó no estará justificado debidamente este Milenario que, como digo al empezar, nos aflige ahora, pero es lo cierto que la zozobra se ha apoderado de nuestras ahnas, y que nadie tiene al acabarse el día más que miedo en el corazón, llanto en los ojos. Todos nos encomendamos al santo de nuestra devoción i) articular, y tal es nuestra pobreza de ánimo, que hasta para darnos al diablo nos arrodillamos al pie de San Miguel. ¿Por qué no va usted al teatro? preguntamos á un amigo triste. -No me hable usted de teatros; pueden hundirse. ¿No se acuerda usted del circo de Price? ¿Por qué no viaja usted? ¡Horror! Me acordaría de Quintanilleja. Distráigase usted paseando. -Puedo romperme el peroné, la tibia, ó algo rnás caliente. Y ante tamaña melancolía, no podemos decir lo que les dicen á los tristes ictéricos: -Vea usted correr el agua. Porque las memorias de Villacañas harían mayor la amargura del infeliz espectador. A la hora en que escribo estas líneas se teme que los anarquistas barceloneses preparen espantosas represalias. Infinidad de bombas con mecha, y otras sin mechar, han sido atrapadas por la policía. Z d f t ÍPSÚ íiáSS Íl P ro aún quedan, ¡vaya si quedan! T í SSii S i R! I- -Yo sé donde hay muchas, le decían la otra tarde á un municipal. ¿Grandes? -Muy grandes, y dispuestas á salir en cuanto den la voz de ¡fuego! ¿Conoce usted á los delincuentes? ¡Ya lo creo! Y para mayor descaro, se han uniformado todos ellos. ¡Corramos! ¡Corramos! Y al cabo de unos instantes, la autoridad y el delator llegaron á las mismas puertas del Parque de bomberos.