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650 II Me han dicto, niña, que por esquiva no hay quien amante tu calle ronde, ni hay quien te obligue con serenatas, ni con billetes hay quien te acose. Dormir tranquila puede tu dueña, que ya á tu padre no se le esconde que más te guardan tus esquiveces que de tus rejas los hierros dobles. Jamás se. ha visto jinete alguno que cuando bajas al Prado en coche cabe tu estribo refrene el paso ni de tus labios sonrisas logre. Y hasta se dice que vas á misa antes que el día su luz asome, por evitarte que pueda nunca tu breve huella seguir un hombre. Si en algo tienes mis experiencias, oye un consejo, sin que te enojes: íío siempre es útil tanto recato; lo bueno mmca del sol se esconde. III Abrí una noche mis celosías, y el aire tibio de aquella noche llevó á mi oído rumor de espadas y de laúdes sentidos sones. Tendí á la calle mí vista inquieta, y hasta mis plantas, no sé por donde, vi que llegaban en raudo giro trovas, billetes, cintas y flores. Y aunque medrosa dejé la reja y de sus hierros cerré los gonces, todos dijeron: Nunca se casa la que de tantos las quejas oye. Cerré más tarde mis celosías, de negro manto mi faz cubrióse, y ni del Soto pisé las yerbas ni del Retiro crucé los bosques. Ya solamente pudieron verme subir del templo las gradas dobles siempre de dueñas acompañada, seguida siempre de rodrigones. Y cuando á nadie daba motivo de dirigirme sólo un reproche, dijeron todos: Nunca se casa la que de nadie las quejas oye. Que me rondaran no era ayer bueno, hoy es ya malo que no me ronden Dígame alguno, si es que lo sabe, qué rumbo debe marcar mi norte. IV Calló la niña, lanzó un suspiro, y el consejero la dijo entonces: En un buen medio lo justo estriba; juicios ajenos nada te importen. CDíTíTiJos DT; r. TíOS) AxfSET, R. CHAVES