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FOTOGRAFÍAS ÍNTIMAS DON ARSENIO MARTÍNEZ DE CAMPOS o no me he tropezado nunca en este picaro mundo con un hombre más ingenuo, más sencillo y más afable. Pasada tarjeta el día en que necesité conferenciar con él para adquirir su retrato, dispensóme de enojosas antesalas, brindóse, si así lo deseaba, á colocarse de uniforme ante el objetivo; me facilitó cuantos datos le pedí, fumamos un mesoorático pitillo como dos camaradas, charlando con la confianza misma que si nos uniera una inmemorial amistad, y al despedirme, y no atinando en la obscuridad del recibimiento con el picaporte, el propio general, por propia mano y sin acordarse de llamar al criado, me abrió la puerta, facilitándome la salida. No me sorprendió tanta llaneza: proverbial es su carácter franco. A mayor abundamiento, tenia yo un dato de su manera de ser, que constituye uno de mis recuerdos de antaño más tiernos. Era el día en que las tropas liberales, terminada la campaña del Norte, habían entrado en triunfo en la coronada villa con don Alfonso X I I á la cabezal No bajaba de veinticinco mil el número de hombres desfilados ante el joven monarca y su Estado Mayor, constituido por multitud de oficiales generales. Aumentadas las fuerzas con las piezas arrebatadas á los carlistas, y retrasando el tránsito de las tropas los abrazos de la entusiasta muchedumbre, daban las diez de la mañana cuando comenzaron á pasar los primeros batallones, y á las cinco de la tarde aún faltaban algunos regimientos, lo que para el Bey y los suyos significaba bastante tiempo á caballo. Por fin se acabó el acto; Martínez Campos, que lo presenciaba junto al soberano, se separó de él, y tomando el trote por las calles del Arenal y Alcalá, sesenta minutos después llamaba la atención de los transeúntes varios ordenanzas que, teniendo sus corceles del diestro, tomaban apetitosos vasos de leche ante una vaquería, hoy desaparecida del lugar, y enclavada en aquel entonces en la casa inmediata al Banco de España, á la vez que cuidaban de otros bridones con mantillas de general, también á cargo del grupo de húsares. Con efecto: dentro del establecimiento hallábase D. Arsenio rodeado de sus ayudantes, y saboreando, en competencia con las escoltas, el espumoso jugo de las ubres vacunas. El general se indemnizaba de muchas horas de sed, pero sin olvidarse de que sus soldados poseían también un paladar. El despacho del general Martínez Campos es un reflejo exacto de su carácter. De lo único que se ha preocupado al instalarle es de la luz, consiguiéndola á torrentes por cuatro grandes ventanas casi juntas y abiertas las cuatro en el mismo lado del pasillo, porque pasillo resulta una habitación con cuatro ventanas corridas que no medirá de ancho arriba de tres metros. De tal suerte, la colocación de los muebles tiene algo de estratégica: están formados en dos filas, como haciendo perpetuos honores de capitán general con mando en plaza á su dueño; por lo demás, el aposento sobrio y sencillo de cualquier mesócrata que vive de su destino. Al fondo de la pieza una mesa sencilla, arcaica, de oficial de la clase de quintos de Admiaistración civil; divanes y sillas de yute, un armario de libros con puertas de cristal en su mitad superior, y algunos otros objetos más modernos; como notas típicas, varias panoplias con armas de procedencia filibustera, trofeos de su campaña en Cuba, algunas hermosas espingardas embutidas de nácar, y dos autógrafos muy curiosos de sus colegas y camaradas, no menos ilustres, Valmaseda y Prím. Semejante modesto ajuar prodújome, sin embargo, una honda emoción por el contraste con la alteza de su dueño, por su simbolismo. Aquellas mesocráticas sillas de antigua hechura, aquellos sillones y sofás de yute, aquel mobiliario de escribano de la vicaría, pasarán á la historia, han ganado la inmortalidad, han realizado una restauración. El armario de libros, las panoplias, han sido testigos fieles y mudos de más de cuatro conferencia para volver al trono de sus mayores á un príncipe desterrado. Si las armas hablaran, podrían contar quizás cosas curiosas de muchos personajes que hoy son primeras figuras en el mundo de la política, que han ilustrado con sus luces los problemas más difíciles de la etapa preparatoria del golpe de Sagunto. Antes que oyeran repercutir el grito salvador los algarrobos valencianos, habíanlo escuchado la mesa humilde y los cuadros modestos del despacho del general. El pilar robusto, la piedra miliar sobre las que la dinastía borbónica levantó el edificio de su resurrección pública, no son otros que los trastos de soldado que acompañan á todas partes á Martínez Campos. Él desnudó, la espada, pero el hecho lo consultó en sus meditaciones con su diván. Para concluir estos mal hilvanados apuntes, una pregunta á los dibujantes políticos. ¿Por qué al satirizar á Martínez Campos por medio de la caricatura le hacen enjuto, chupado y saliente de pómulos, algo de rostro quijotesco, cuando es, por el contrario, lleno de cara, con abultados carrillos y de redonda fisonomía? Antaño quizás fué amojamado; hoy es gordo. El lápiz no se ha enterado aún de la saludable metamorfosis. Postdata, No van transcurridos menos de seis meses de la conferencia á que aludo más arriba. ¡Qué ajeno se hallaba entonces el general, vegetando en su casa de la Cuesta de Santo Domingo, de que la muerte, que tantas veces le había asaltado en la guerra, acechábale traidoramente en plena pazi Luchando con el fanatismo conquistó sus lauros: otro fanático acaba de proporcionarle en Barcelona ocasión de apreciar lo que su patria le quiere. JDAN L U I S L E Ó N