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639 -Tristes amores, en verdad, dijo el que esoucliaba la relación; mas no por tristes de imborrable recuerdo, sobre todo para el soldado que, como nosotros, tiene tan altos compromisos con la patria. -Pues ahí tienes explicado lo que llamo yo desvíos de mi musa, mal avenida, como dices tú, con tan lúgubres asuntos. -Y sus razones tiene esta señora, que en un militar no sientan bien esas languideces ni se explican esos desalientos. El amor es como la mancha de la mora; con otra verde se quita; y si t u vida promete ser todavía larga para encontrar muchos granos de aquella fruta, tu carrera te oírece anchos horizontes en que espaciar la imaginacióa y desplegar la energía. Italia y América son campos hermosos en que puede cosechar con provecho el soldado español, sobre todo si tiene el corazón tan fuerte como el brazo. Allí nos esperan la gloria y el amor, si no la muerte al asaltar esas murallas. Conque llegó la hora de olvidar y de salir de este mal paso. -1 Ojalá 1 exclamó el poeta con acento de duda, y á tiempo que un cañonazo disparado desde una de las baterías españolas daba la voz de alarma. -Pues, á lo que parece, la función va á empezar, añadió el otro. -Y dirigiéndose al grupo de soldados que dormitaban: ¡Arriba, muchachosl A las armas! En breves momentos púsose la gente en movimiento; los artilleros junto á los cañones, los infantes sobre las armas á, corta distancia de la batería; en el resto del campo dejóse oir creciente rumor de armas y galopar de caballos. Pero la plaza había comenzado sus fuegos, y á la fosfórica luz de los disparos pudo verse la bizarra figura del soldado- poeta sobre el parapeto, como si tratara de escudriñar el movimiento á favor de las tinieblas. Aparecía envuelto en su holgada capa, oculto parte del rostro por el pico del sombrero, y la diestra apoyada en la empuñadura de la espada. -Mi coronel, baje V. S. gritaron desde la batería. ¿Quién se priva de contemplar estas cosas? murmuró el poeta. Mirad, ya se encienden las líneas enemigas; por allá arden las baterías. Sin duda nos creen desprevenidos. ¡Valiente chasco v a n a llevarse I ¿verdad, camaradas? lío dijo más. Una granada disparada desde la batería frontera avanzó silbando por los aires. Y un grito de alarma escapóse de la nuestra. -Bájese V. S. mi coronel, bájese V. S. repitieron algunas voces. Mas el coronel, que parecía no oir tales gritos, permanecía inmóvil sobre el parapeto, con el embozo sobre los hombros y la mirada perdida en el espacio. La granada estalló junto al parapeto, envolviéndolo en densa nube de humo y barriéndolo con sus cascos. Cuando aquél se disipó, vióse al coronel en tierra con la cabeza totalmente destrozada. Y apenas si hubo tiempo para correr á él, porque á los lamentos de los que le vieron cadáver uniéronse bien pronto las voces de mando y el disparo de cañones y fusiles. El ataque se gener ralizaba, Eáfagas de fuego formaban fosfórico zig- zag en los torbellinos de humo; al estampido de las descargas juntábase el gemido de los que caían; el eco engrandecía el trueno de las piezas, llevándolo á las distantes costas, y en la tierra, como en el mar, parecía haberse desencadenado el temporal de las iras humanas. Pero el ataque, aunque violento, no pudo prolongarse; frustrada la sorpresa, por momentos fué debilitándose el fuego, apagándose el estampido de la artillería, hasta quedar de nuevo sumidos el campo y las aguas en la obscuridad, i en tiempo la voz ronca del cañón, la voz de la monste cuadro, y que parecía exhalar su despecho por la de Febrero de 1782, buen número de oficiales espamioírculo junto á ua cadáver colocado sobre humilde 1 ie San Martin. guarnición formada y sobre las armas. Un general de aspecto venerable, colocado frente al grupo de oficiales, se descubrió respetuoí- ipii ri- i i i o lunció con acento conmovido las siguientes frases: -Camaradas y señores: inclinemos nuestra frente ante los restos del coronel D. José Cadalso, muerto gloriosamente en el ataque de la pasada noche. Joven lleno de entusiasmos, desaparece de nuestro lado cuando la vida le ofrecía el porvenir más brillante; oficial distinguido, el ejército pierde con él un gran corazón y una gran inteligencia; hijo predilecto de las Musas, la patria le llorará como uno de sus más inspirados vates. ÍDios le conceda su eterna pazi ¡Honor á tan ilustre soldado! FRANCISCO B A R A D O (DIBUJOS DE G R O S)