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624 que zería un buen manjar pa obsequiar á loz amigoz! penzaba nuestro zujeto. Er pan podía er burro robarlo der zerón cuando de la tahona á la caza llevara la hornada de la zemana; pero ¿y la miel? ¿dónde ir por la miel? (Fíjenze ustedez, que auní ue zoy andaluz, di ¿io miel, porque ezto importa mucho á la filozofía de la hiztoria) decía I) Manuel, interrumpiendo el seguido curso del relato. Movía er burro maquinalmente de uno á otro lado er rabo, zeñal de preocupación, y azi unas veses juntaba y otraz zeparaba las orejas, ó ponía la una tieza y la otra dezmayáj y, en fin, ezt- aba tan distraíój (j ue unaz veses mordía unoz cardoz y otraz unaz mata de borraja. Llegó en ezto una abeja refunfuñando como laz perzonas mu trahajaoraSj que zuelen tener mu mal genio. -Zox) enco, dijo al azno, cómete ezos cardoz y déjame á mí laz mata de borraja, que er campo ze ha hecho para toos, y de ezas florecillas moráas zaco yo la materia para mi induztria. ¿Puez qué erez tú? preguntó er burro. -Confitera, respondió la abeja. ¿Y qué dulces haces? -Uno que á ti no te importa. ¿No haz oído desir que no ze ha hecho la miel para la boca del azno? Puez bien, yo hago miel; como eztaz florez, y luego, por un zitio zemejante á aquel que á ti te zirve para dar eztiércol, yo vierto la miel. -Bueno, puez vete en paz, replicó er burro. Mordió loz cardoz y ezperó á que la abeja hubiera concluido su i. faena, y luego que el insertillo desapareció, dióze er borrico durante toda aquella tarde una enorme hartáa do marva, borraja, amapola, toa claze de plantaz giucozaz. ¡Qué! ¡Zi ze puzo que ni la anacaleria de un herbolario! j Llegao que fué el anockecíoj llamó ar perro y ar gallo y les dijo: -Poneoz aquí á la cola, y veréis qué miel. Y en efecto, er burro comenzó á echar pelotillas de eztiércol. Porque zi el artista ez abeja, añadió el ilustre narrador, de la naturaleza zacará mielez exquisitaz; pero cuando er burro va á la naturaleza, da lo que dijo Cambronne en Waterlóo. III Por mi parte, querido lector, sólo te diré que de tal modo quedó en mí impreso el apólogo, que vivamente lo retuve, y tal como lo he contado, el maestro lo contó. Yo no tengo otro mérito que el de haber atendido intensamente y poderlo repetir como él lo dijo. Allá los Zoilos y los Aristarcos, los Gí- reens y los Scuderis, ultrajen la memoria del maestro insigne con necios eruditismos. Yo dedico á su gloriosa memoria la cruda y viva reproducción del apólogo por el recuerdo. UE MBJíDEZ B l U S G A) JOSÉ ZAHONEEO