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MADRID DE VIAJE VII Y ÚLTIMO LOS QUE REGRESAN El otoño está dando la última mano á su traje de visita Madrid se dispone á recibirlo con el aparato y solemnidad de costumbre. Las esquinas de algunas casas y las anunciadoras metálicas se cubren de grandes y llamativos carteles, por medio de los cuales las empresas anuncian al público la próxima inaii- COll III ord, u aLaL i00, para evitar susceptibilidades. Los pintores de portadas dan los últimos toques á las de tiendas y cafés. Todo está preparado. Madrid no se descuida nunca en este acicalamiento previo con que se presenta ante su otoño espeoialísimo de días espléndidos y noches caniculares. Al fin va á llegar, madurando el pámpano. La vendimia llena de mosto tinajas y botas jerezanas; el sol ha derramado sus dones sobre las vides silvestres de los dominios de Baco, y el dorado fruto que centelleará más tarde en botellas y copas de Bohemia ó en las cañas macarenas del Puerto, empieza á hervir espumoso en los lagares. Desde que la última náyade de medias negras mojó, los pies en las olas del Cantábrico, y el bóreas de Ataquines limpió el ambiente de este cielo madrileño, los padres que todavía tienen hijas, los esposos que no han perdido á sus. mujeres, y los tritones que aún conservan una bolsa de mano en lugar de bolsillo, A s liQg ia. osguardapolvos áe dril que envolvieron tantas ilusiones, y la emprenden caminito arriba, cuestecita abajo, hacíala casa que durante los rigores del estío han dejado. á merced de los salteadores urbanos. ¡Qué espectáculo tan conmovedor! ¡Qué confusión tan amena! ¡Qué barullo tan regocijado el que se arma en las estaciones del tránsito! Parece que todos cantan para adentro el estribillo de: Venimos de la corrida.