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614- ¡Qué ingratitud! -La poltrona dorada, María, es una esponja empapada que borra cuanto se escribe en la memoria. -Mira, después de todo, alégrate. Así ya conoces lo que da de sí el ministro. Por otro lado vendrá la suerte. ¿Por dónde? No hay puerta en que yo no haya llamado. Buenas palabras, ofrecimientos, sonrisas, para que me quite de en medio cuanto antes; eso, los amigos que se han dignado recibirme. Lecciones de piano, de francés: sobran profesores; un título de abogado inútil: los bufetes llenos. No nos queda ni una prenda de ropa por empeñar; debemos al casero cuatro meses. ¡Te aseguro por mi salud, María, que como no fuera por ti y por ese ángel que duerme en su camita, ajeno á la desgracia que le rodea- ¡Calla, calla, Julio, por Dios, no sigas! ¿Qué sería de nosotros, de tu hijo, sin ti? Ya mejorarán los tiempos; las tempestades pasan. ¡Mira, en cambio, qué bien se cría nuestro niño, qué hermoso! i Pobre mártir! ¡Quizás se ahorraría la vida de amarguras que le aguarda, tendiendo el vuelo ahora que no piensa ni siente! ¡No blasfemes, Julio! Oye, se ha despertado. Ven á darle un beso, y verás cómo recobras el valor perdido. II- ¡Julio! ¿Tú en ese estado? ¡Ramón! Yo te hacía en Puerto Rico. -He vuelto, y aquí me tienes instalado en definitiva. Soy juez municipal. ¿Por quién vas de luto? -Por mi madre. Murió el año pasado; esa ha sido la causa de que regrese otra vez á Madrid; y como los asuntos de testamentaría exigen mi presencia continua en la corte, he conseguido que me den tal cargo. Pero yo te he referido toda mi vida, y tú no me cuentas nada de la tuya. ¿Y qué he de contarte? Ya lo ves por mi aspecto. ¡Desdichas! ¿Te has casado? ¿Este niño es tuyo? ¡Preciosísima criatura! ¿Qué edad tiene? -Tres años. ¿Verdad que parece un ángel de retablo? Pues sí, me casé con María Fernández; ya la conocías. La infeliz realizó una boda loca. Desde que se unió á mí no he cesado de sufrir contrariedades: pérdidas de intereses, mis padres arruinados, yo cesante, la más espantosa miseria á mi alrededor. La única alegría de mi vida es la dulce criatura que Dios nos ha concedido. -Julio, entre nosotros, que nos conocimos en la Universidad, no puede haber ofensas ni reservas. Vete mañana por casa; yo soy rico, y tomarás lo que necesites para el momento; además, te daré un puesto en mi juzgado. -Grracias, Ramón, gracias; eres el mismo de siempre: un corazón de oro. Acepto lo segundo, agradeciéndotelo con el alma entera. Con un par de pesetas diarias me contento. ¡Déjate de tonterías! Mañana á primera hora te aguardo. ¿Las señas? Ahí va una tarjeta. Adiós. Un besito, pequeño. III- ¿Y dices que te ha recibido bien? -Como en los tiempos en que nos sentábamos juntos en el aula. Quisiera que no, me ha metido en el bolsillo estas doscientas pesetas, y luego me ha hecho que le acompañe al juzgado y me ha