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608 no, pero que sin embargo sopla sin ambages en tono de anra, bastante fuerte para quemar el cutis y hacer pedir á gritos un pericón Los que se quedan tienen un Prado de arena con sillas de liierro que se enganchan á la ropa, verbenas á cada santo, Mea, S f HlJ- tJí y además tienen, en el que fué Retiro de personas reales, funciones que atraen, porque no es malo el espectáculo, y es en cambio muy fresco el ambiente que se respira desde cierta hora. Allí se pasan las noches dulcemente entre la polka y el sorbete, entre la galantería cien veces repetida y los gritos del cuerpo de coros; allí puede admirarse todo un sistema planetario de niñas y matronas, en el que abundan mucho las nebulosas y las estrellas errantes y muy poco his Jijas; allí miran todos á la luna, que á la misma hora alumbra otros lugares menos calurosos, y ensalzan el nombre del empresario que por una peseta (buena ó mala) permite respirar á los pulmones de los que no quieren salir de Madrid. Tienen para ellos solos, los que se quedan, el Parque de Madüid, célebre antaño en los anides de las aventuras do capa y espada, y hogaño en las de blusa y navaja. Tienen, finalmente, el consuelo de morirse de incógnito, de gastar poco, de remojarse en los Baños Árabes ó en el ¡Nicigara! de la Cuesta de San Vicente, y pueden, por último, acostarse de día y pasear de noche, dar paseos en lancha por el estanque del Ee i I á los perros en el de la Castellana; suspirar por telégrafo, reci, i icudir á la Estación cuando una tliosa i- ezagada por falta de n el vuelo y se columpia arrogante en los sieeping- cnr del Xorte. I Badén ó morirse en Pari? -Xo vale, en realidad, la pena do pedir billete á medio precio- -añaden los que se qitedan- -para fraternizar con el veraneo del gran mundo, que en defiritiva resulta igual, chamuscón más ó menos, al que sufrimos impávidos los que no sahmos de Madrid. No hay tampoco necesidad ni motivo siquiera de avergonzarse por esta reclusión voluntaria ó forzosa. Qnédenos el consuelo de que si por ello el rubor nos enidende el rostro, es, en cambio, sin gastar dinero, mientras qut los que derrochan cau; S dales en fondas, casinos y apeaderos, no se ven libres tampoco de que el calor les sa jue, como á todos, los colores á la cara. ENKIQUJÍ SEPÚLVEDA (L IBUJOf DE yiÉSVEZ imi GA)