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600 todo el mundo le reconocía, necesitaba añadir la fortuna, y no encontró manera más fácil de adquirirla que tomar la que le ofrecía Tragacantos con la mano de la hija amada. Eso sí, hallábase la pobre desprovista de todo encanto personal, y sólo sintiendo mucha necesidad de ser rico podía el hombre avenirse á la coyunda con mujer tan poco agradable, que además de ser superiormente fea, estaba enamorada, pero muy enamorada del que iba á ser su marido, lo que era bastante para que el agraciado se echara á temblar, por más valiente que fuese. Sin embargo. Tafilete no tuvo motivo de arrepentirse de haberse casado con mujer fea, porque ésta, en compensación de lo incorrecto del rostro y lo desgarbado del cuerpo, poseía, para hacerse amar, una exquisita bondad, inagotable ternura, ardiente caridad, y además una prudencia y una sensatez que no son muy comunes entre las feas, y tampoco entre las bonitas. De suerte que el indolente buen mozo, casado con la fea, se encontró muy ricamente en el soberbio hotel que en el barrio de Arguelles le regaló Tragacantos, y se holgó mucho de vivir tan cómoda y lujosamente, sin preocuparse ya del porvenir, que no lo veía muy claro antes de resolverse á casarse con la fortuna del pellejero. Y como era hombre de entendimiento, si no se apasionó de su mujer, la estimó por sus buenas cualidades y no le fué infiel, que hubiera sido insigne felonía. Lo que ha sido, y es, el amigo Tafilete, un excelente marido que muchas buenas mozas se lo envidian á la fea, y un padre de familia como pocos por lo prolifico, pues es de saber que Tafilete tiene siete hijas y un hijo. Y por cierto que hombre de tan buenas prendas como es no merecía el castigo que le ha dado la naturaleza, sin duda por haberse casado con una fea: no merecía que sus hijas sean todas más feas que la madre, y el hijo, el primogénito, un sietemesino que parece propiamente un fenomenillo escapado de una vitrina del Museo anatómico de la Facultad de Medicina. El primer año que apareció en San Sebastián la familia Tafilete, la gente del país miraba con asombro á las chicas, y se creyó como verdad la invención de un chusco que dijo que procedían de los Antípodas; pero luego que la gente del país conoció á la mujer y las hijas de Tafilete y pudo apreciar su amabilidad, y sobre todo su esplendidez, convino todo el mundo en que eran sumamente estimables y dignas de ser recibidas con los brazos abiertos en todo pueblo civilizado. En cuanto llegaba la distinguida familia á la capital guipuzcoana, el comercio y la industria prosperaban notablemente, porque la madre y las hijas frecuentaban las tiendas y en todas compraban de todo lo necesario y de todo lo superfino, sin regatear jamás el precio, con lo que en viendo el comerciante, la modista, el confitero, el pastelero, el fondista, el cafetero, el perfumista, que las ocho feas entra- ban en su establecimiento, parecíales que eran ocho ángeles propiamente. El segundo año ya eran populares en San Sebastián y pueblos vecinos las de Tafilete, y ahora, que ya tienen allí su hotel propio, todo el mundo considera á la familia fea como cosa propia, y el mismo día que se abren las ventanas y las puertas del Paraíso, es el primero en que toca la música municipal en el Boulevard, y se inaugura, por consiguiente, la temporada veraniega, y ya todas las tardes anima aquellas bonitas calles el ruido de los cascabeles y campanillas de los caballos que arrastran las dos cestas en que va á paseo la familia Tafilete. Luego que lleguen otras familias amigas de la del buen mozo, las cestas serán tres ó cuatro ó cinco, todas pagadas por Tafilete, y no habrá tarde en que no vayan de expedición á Hernani ó á Pasajes, á Eenteria, á Fuenterrabía, á Loyola, llevando á todas partes la alegría y el buen humor y las mejores disposiciones para gastar el dinero, y no dejarán de hacer varias excursiones á Hendaya, de donde traerán infinidad de metros de telas de todas clases, impermeables, paraguas, en- tout- cas y sinnúmero de objetos diversos, y, cosa rara, sin contrabandear, como otros veraneantes, y pagando religiosamente los derechos de introducción, que Tafilete no quiere que su mujer y sus hijas se vean en ningún mal paso, y ya que son tan feas y no lo puede remediar, no quiere que hagan ninguna cosa fea. La corrección en todo es la condición característica del señor Tafilete, y asi ha educado con el mayor esmero á sus hijas, que son lo más amables, lo mas cariñosas, lo más expansivas que pueden ustedes imaginar, y tienen, ciertamente, todas las prendas que seducen y encantan en la mujer, todas ¡ay! menos la hermosura. Y ellas se conocen, no se hacen ilusiones acerca de sus méritos físicos, y procuran con el mayor empeño que las gentes, en gracia de sus excelentes cualidades, las perdonen la fealdad. No les faltan, sin embargo, pretendientes á las cinco primeras, que son las casaderas, pero demasiado comprende el padre que lo que buscan aquéllos es el dote respetable que tocará á cada una de ellas, lo mismo precisamente que él buscó cuando enamoró á la hija de Tragacantos; pero él amó luego á la fea como si hubiera sido hermosa, y duda que los pretendientes de sus hijas sean tan buenos maridos como es él, y teme fundadamente que sus hijas, casándose, vengan á ser muy desgraciadas, mucho más que ahora, que sólo les aflige la desgracia de tener mala cara, mal cuerpo y mal color Asi que les recomienda mucho que sean fuertes y no se dejen dominar por el amor, y que si no lo pueden remediar y se enamoran, vean bien de quién y no lo oculten á la aman-