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597 La luna caía sobre las artísticas fachadas de los conventos, transparentando las empolvadas celosías y volcando en lo. s lienzos de pared caprichosos planos de sombra. Apresuraba el paso hasta llegar al Píí- Síc ííe Zffí 2 Visíe. s. A mi mano derecha se alzaba la Alhambra, ceñida por los árboles del bosque, vestidos sus torreones de verdes encajes y coronada por una lluvia de luz blanca y purísima. A la izquierda se levantaba sombrío, frente á frente á la Alhambra, el Monte Santo con sus rojizos paredones y su cruz de hierro, y el viento cadencioso de la noche parecía traer hasta mí confundidos, de una parte el canto quejumbroso que palpita en las cuerdas de la guitarra mora, canto que parecía salir del mirador de Lindaraja, y de otra parte las notas solemnes del Ángelus, robustecido por las notas grandiosas del órgano y entonado por un coro de arcángeles. Una bocanada de aire perfumado por las ñores de los cármenes del Darro ensanchaban mis pulmones, haciéndome sentir cierta flacidez voluptuosa y ciertas dulcísimas soñolencias. La ciudad aparecía ante mi vista semejante á una decoración de teatro; las diminutas ventanas iluminadas, los segundos términos difuminados por sombras densas, y los tejados de las casas y los campanarios de las iglesias blancos, como si hubiera caído sobre ellos una nevada de luz. Aríimado al sombrío paredón, cerca de aquella reja de gruesos barrotes festoneada de verde ramaje y coronada en los remates con un corazón de hierro, allí aguardaba el momento solemne de la consagración del primer ensueño que tomó cuerpo y vida en Mercedes por obra y gracia de no sé qué espíritu. A poco más de dadas las nueve de la noche, un repiqueteo de almireces me anunciaba la proximidad del momento deseado. Las mozas machacaban la almendra para hacer eíajo- ilanco. Y en casa de Mercedes y en las contiguas, y en el barrio entero, no se oía durante algunos minutos más que el alegre dale que le das de la mano del almirez. Arremangadas las mangas del corpino de percal hasta casi los mismos arranques del brazo, aquellas mozuelas, con graciosa ligereza, elaboraban el tal menjurje ¡cosa rica! sin que les faltara jamás una mirada de fuego en los ojos y una canción picaresca en los laí) ios. Después las mozas vaciaban en sendas fuentes aquel caldo blanco, ¿qué digo blanco? algo así como lo que dice el poeta de Las Mvjo cs del Evangelio: ixNltido como el ampo de la nieve, y el tal caldo era puesto al sereno hasta la hora de la cena. Poco después crujían las maderas de la ventana, y Mercedes mostraba en aquel marco de flores su busto espléndido y aquella sonrisa inexplicable que no he vuelto á ver nunca en los labios de ninguna mujer. ¡Qué noches más rápidas y qué alboradas más luminosas! Yo corajudo y Mercedes medrosa, veíamos ambos con pena blanquear los lejanos bordes del horizonte. Aquellas noches de verano fueron toda mi vida. Recuerdo que muchas noches, en aquella misma ventana, altar de nuestras ilusiones, dejaban al sereno la fuente del ajo- blanco. Por las condiciones especiales de mi espíritu, por las razones especiales de todo lo que mé rodeaba, el ajo- Manco llegó á ser para mí una especie de ¡pan bendito! ¡de sagrado licor! ese manjar ignorado que sólo pueden saborear los venturosos y los elegidos. Más de una noche comí y bebí aquel manjar, que á Mercedes tanto le gustaba. Pasaron así muchas noches de suprema felicidad, y las primeras nubes del otoño trajeron frío á la atmósfera y cansancio y hastío al alma. Ko recuerdo de aquella historia más que Mercedes se despidió de mí llorando. Salí de Granada, quizá para no volver jamás. Desde entonces, el ajo- blanco ha sido mi delirio. No había logrado comerlo nunca, j asi es que sentí una vivísima alegría con el encuentro de la seña Angustias. ¡Poder comer ajo- blanco, es decir, poder comer lo que más bien me ha sabido en toda mi vida! Ansioso de saborear el para mí tan delicado manja. r, conté las horas y minutos para asistir puntualmente al convite de mi paisana. Llegué á la hora indicada. -Ya sabía yo que no faltarías, me dijo la seña Angustias. Ya te habrán dicho que para esto me pinto sola; ¡con decirte que ño ha ido á Granada personaje á quien yo no le haya hecho Aajo- Udnoo, y tengo fama entre las gentes de mi tiempo I Te advierto que está f resquito como un terrón de nieve. En efecto, la seña Angustias puso sobre la mesa la fuente 00 n el ajo- hlanoo, f i lo lo que me rodeaba, el cuarto cursi de la señó, -I- 11 la miré á ella misma y un dolor amargo y -1 ido sentí en lo más íntimo de mi alma. M i i -ma, sin comprender lo que me sucedía, continuó II t i i e fca -Muchacho, ó tú te has vuelto loco, ó quieres hacer burla de mí. -Ni una cosa ni otra, le contesté. Es simplemente que esto no es ajo- blanco. Desde aquella noche dejamos de ser amigos la seña Angustias y yo. Salí de la casa de la Travesía del Conde Duque en tal disposición, que se me podía ahogar con un cabello, pues tales eran mis zozobras y pesadumbres. Pensando en el cargamento de penas y de desengaños que llevo encima, volví los ojos al cielo, exclamando. ¡Señor, haz que yo encuentre aún en mi vida una fuente de ajo- blanco como aquéllas! MANUEL (DIBUJOS Í) E QAKCIA RAMOS) -Anda, métele mano y te convencerás cómo nunca lo has probado tan rico como ahora. des jAquellos días felices de mi juventud! Todo La reja llena de flores! ¡Bl busto de Merceapareció de repente ante mi vista. Probé aquello, que me pareció un veneno, y tirando la cuchara, dije malhumorado: -8 eñá Angustias, esto no es ajo- blanco. Mi paisana abrió los ojos todo lo que pudo, tomó otra cuchara, probó el caldo, y mirándome fijamente, me dijo: PASO