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í W -í I 1. fl í f t í? f í í AJO- BLANCO Cna bocanada de aire caliente impregnado del perfume especiaiisimo de las violetas de la Alhambra entró por todos los poros de mi cuerpo y encendió en mi espíritu aquellos muertos anhelos de los días más felices de mi vida. La seña Angustias, una granadina que allá en sus mocedades pudo dar ciento y raya á la mismísima emperatriz Ifiugeuia, granadina desde los pies á la cabeza, me detuvo frente al Ministerio lie la Guerra, y después de abrazarme tres ó cuatro veces gimiendo y llorando, mirómie de pies á cabeza, diciéndomc: ¡Parece mentira, y qué grande te lias nu- sto! La SBñá Angustias me contó una infinidad de cosas que maldito lo que me interesaban, y al despedirse de mi, como si obedeciera á una idea concebida hacia mucho tiempo, me dijo: ¡Ah! mira. Como sé que te gusta tantísimo el ajo- hlanco, estaba deseando verte para convidarte. ¿Sabes dónde vivo? Travesía del Conde Duque, 45. Mañana á la noche te aguardo para tomar el jn- hlanco. Adiós, hijo mío. ¡El ajO ljlaiicol El ajo- hlanco es una especie de gazpacho, ó cosa así, compuesto de almendras molidas, ajo, y no sé qué ingredientes más. A decir verdad, el tal caldo, o lo que sea, no es manjar muy apetitoso para las gentes de buen gusto; pero como á mi en más de una ocasión me supo á gloiia, lo he celebrado tantas veces y con tales entusiasmos, que no es mucho que todos los que me conocen como la señé. Angustias me ofrecieran orgullosos el tal potingue como el manjar más delicado y sabroso de todos los conocidos hasta hoy. En aquellos días tranquilos de mi juventud, en aquellas noches de verano, que más bien que noches eran crepúsculos, los primeros llamamientos de la mocedad y las primeras orientaciones del espíritu forjaron la página luminosa de mi vida, lumbre que aún me vivifica y j esplandor que aiin me guía. Aquellas noches de verano imnca las olvidíirc. Abandonaba las calles más céntricas de Granada, y lleno de juventud, de vida y de alegría, antes de la hora, ¡mucho antes! ya estaba en el sitio en donde me aguaj daba la primera mujer en cuyos labios oí el primer ¡te quiero! en cuyos ojos vi los primeros resplandores del amor, y en cuyo seno adiviné los anhelados confines de la felicidad. Cruzaba la Plaza, ííueva sm detenerme, y apenas entraba en la carrera del Darro, respiraba con ansia y de una vez, como si antes me hubiera faltado la respiración. Aquellos parajes rociaban mi espíritu de plácidas consolaciones. YX Darro se deslizaba silencioso, como quien teme hacer ruido, y su corriente mezquina, apenas imperceptible, pasaba entre sombras, Algunas veces un peñasco puesto en mitad de la corriente arremolinaba las aguas, y al alzar estas su lomo verdinegro, resplandecíaa como un haz de plata, pero sólo un momento, porque después seguían la corriente negras y dóciles.