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590 La divisa de unas es el amor honesto y desinteresado para llegar al matrimonio con un empleado de Fomento, al objeto de fomentar y perpetuar la raza humana. Otras sienten predilección inevitable por las pasiones concentradas j tumultuosas, con el propósito de saborear las emociones propia del caso. Algunas, pocas en verdad, sienten y practican el amor romántico y platónico con una fe digna de mejores tiempos. Las hay también soñadoras que esperan pacientemente la llegada de algún principe ruso y finalmente, aunque en pequeñísimo número, las hay de buen sentido, atentas á la realidad, y sin pedir peras al olmo. He dicho antes que la modistilla llega á parecer una señorita, y debo rectificar. Lo parece exteriormente por el traje y hasta por la manera de llevarlo: pero es desde luego mucho más atractiva. Una señorita ingenua y candorosa no podrá luchar nunca ventajosamente (para el gusto de la mayoría de los hombres) con la gracia picaresca y la malicia ingénita de la modistilla madrileña. Su apostura, su desenfado, la luz de su fisonomía, su espontaneidad para el chiste, su frescura para la réplica, sus medios expeditivos para espantar las moscas que le estorban, y hasta los más insignificantes detalles de su modo de ser, le han creado una personalidad original y típica, adorable é inconfundible. Puede decirse que el oficio de modistilla no es un estado permanente, sino un medio ó, por mejor decir, una situación intermedia para llegar á atraparte. Algunas llegan á modista, montan un taller y se establecen por su cuenta. Otras compran una máquina, toman una aprendiza y trabajan en sti casa. Muchas abandonan la profesión en pos de mayores venturas y descubriendo otros horizontes, y no pocas ingresan en el cuerpo de coros de algún teatro por horas. La compañía de Cereceda, por ejemplo, hace los veranos un gran consumo de modistillas con El chaleco blanco. La espada de honor y otras obras aná logas, en las cuales son de absoluta necesidad mucho acompañamiento, mucho jaleo, mucha bulla. Maestra, corista, figuranta ú otra cosa, el caso es que no se ve ni se concibe una modistilla que no sea joven. Joven y bonita. Tan contadas son las feas, que sólo sirven para constituir la excepción que afirma la regla general. Tan persuadido estoy de esta verdad, que si alguna vez me pierdo, habrá que buscarme en la calle del Pez, de una á dos de la tarde, ó en la del Carmen, de siete á nueve de la noche. FRANCISCO (iLl- STRiCIONES DE Ct cnY) FLORES GARCÍA