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588 Mi paseo de todas las mañanas me conduce siempre á la Estación. Desde su andén solitario veo pasar los dos primeros trenes ascendentes que llegan á Madrid á la hora soñolienta en que casi n i n g ú n vecino, por higienista que se crea, tiene idea de que el sol m a d r u g a más temprano que la criada que les sirve el chocolate. E s o s trenes pasan, y pasarán hasta Septiembre, casi vacíos, y vienen á dejar en los apartaderos y vías auxiliares de la Estación del N orte los carruajes, que por la tarde vuelven á emprender, repletos de gente conocida, la peregrinación de la moda. s C u a n d o regreso al pueblo, la brisa fresca y perfumada orea mis sienes, y los obHcuos rayos del sol no ahogan. M e deleito viendo las operaciones de la labranza que se practican con ardor en los campos que circundan el camino, y comparo la placidez de esas horas en que me lanzo á la calle con zapatones de caza, camisa sin almidón y sombrero de anchas alas, con la insoportable molestia de la toillete que exigen San Sebastián ó Biarritz para llegar á la playa, y Ontaneda y Panticosa para t o m a r el primer vaso de agua saludable. Con u n libro en la m a n o desando tranquilamente la ruta polvorienta que conduce á mi casa. E l ruiseñor canta sin miedo en los tilos; la vaca muge en el establo, esperando ansiosa la hora de salir á la pradera; el cazador furtivo, oculto tras unas m a t a s espera á que se extinga el ruido de mis pasos para disparar sobre u n bando de perdices ó sobre los pájaros, á los que la dorada pirámide del trigo recién espolvoreado que se levanta sobre el cuadro de guijarros de la era, atrae y fascina como los ojos de la serpiente. A lo lejos se escucha el cencerreo de u n ganado siguiendo el ritmo unísono de la campana que llama á misa, y á mi espalda escucho invariablemente, al llegar á u n recodo que da entrada á la primera calle del pueblo, el alegre repiqueteo de los cascabeles del coche de la Estación, que pasa á m i lado á todo correr y se pierde pronto de vista, dejando t r a s sí, entre las partículas de polvo luminoso que levanta el carro del rey del firmamento, otra nube más espesa, que el aire disipa en seguida para dejar ver la decoraciónáe hoteles, verjas, palomares, altísimos árboles, caprichosos cenadores, verdes persianas y toldos medio recogidos entre la enredadera de las vent a n a s bajas, cuando no est á n sujetos por la m a n o de alguna madrileña. que vegeimo yo, entre las cuatro paredes retiro canicular, esta vida no me hastía, no me e. L a he elegido como descanso igitación de la corte; dejo por su d el océano turbulento para b u s inso, y no la cambiaría por ninnira de periódicos, la partida de tulia que se celebra á diario bajo- expedición de caza, la jira á la TM. ue se oculta en las sinuosidades del monte, bastan para que el tiempo pase pronto y distraído. De noche aún es más hermoso el campo. E n medio de u n cielo tachonado de estrellas, exactamente comparables á ojos h u m a n o s que miran á la tierra, brilla- -en sus fechas- -la luna sobre manchas de ópalo, irradiando en la llanura u n a claridad fosforescente parecida á una lluvia de diamantes. L a brisa que viene del Guadarrama inclina la copa de los árboles, y canta en sordina, dentro del follaje de los macizos, el himno de la noche. E n todo el espacio del cóncavo azulado se percibe esa múltiple fermentación generadora de la naturaleza, ese trabajo armónico de la tierra en el verano, de la tierra en el amor. Todo esto es u n a delicia, repito- -concluye diciendo la carta de mi amigo, -y yo sigo en mis trece. ÍTo decaigo en la creencia de que en el campo pasaría mejor el Madrid que viaja su temporada de villegiature, que no amontonado en los cuartos de u n a fonda, ó derritiéndose al sol en las calles de los pueblecitos franceses. Por la copia, (ILUSTEACIONES DE HUKRTAS) EKKIQUE SEPÚLVEDA