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584. Violentas eran las sacudidas del viento á aquellas alturas, y el alfilerillo hizo cuanto pudo porque la cola que él sujetaba no se escapara de la cometa; mas al fin una brusca sacudida deshizo el juguete, y clavado en la cola, quién sabe cuánto tiempo voló el alfilerito, yendo á caer en unos zarzales, donde la cola quedó enredada. Allí fué hallado por un naturalista, rebuscador de insectos, el cual hubo de atravesar con él el cuerpo de una linda mariposa, y clavado quedó en el corcho del entomólogo. ¡Suerte de las criaturas! ¡Caprichos de la- fortuna! Aquel entomólogo era el duque, y cuando Su Excelencia llegó al palacio, salióle á recibir la propia duquesa. No podía el alfilerito cumplir gustoso con aquel horrible oficio de verdugo, y menos por servir á una ciencia prendida con alfileres. Agitaba la mariposilla sus doradas alas, primero con rapidez y fuerza, luego á intervalos y como por saltos de una llama que va á apagarse, y al fin débil, mortecinamente, apurando su horrible martirio. C uando las manos de la duquesa vinieron á librar al animalillo, éste había muerto; pero el alfilerito tuvo la dicha de verse prendido en el peto de la gran señora. ¡Picaba ya muy alto! II ¡Figuraos si colocado cerca del corazón de la duquesa, podría ó no llegar á conocer los secretos de tan hermosa dama! Pero discreto por extremo, nada dijo; bien que nada deshonroso podía decir, á juzgar por la siguiente aventura. Hacían los duques un viaje. El alfilerito fué por su dueña colocado para sujetar una pañoleta del cuello. El tren corría rápidamente. El duque dormía, apoyando su cabeza en uno de los brazos del asiento. Junto á la duquesa iba un caballero que comenzó á dirigirla impertinentes galanteos, y que, artera y suavemente, fué deslizando su mano en torno de la cintura de la dama. Entonces ella, al sentirlo, roja de vergüenza, desprendió con vivo y hábil movimiento al alfilerito de la pañoleta, y cuando ya el brazo del miserable iba á estrechar su talle, la duquesa clavó en la mano del sátiro la fina punta del alfilerito, que traspasó la piel y el músculo é hirió con agudo pinchazo sin duda el más fino y sensible de los nervios. Rugió de rabia el canalla, retorcióse de dolor, y huyó á esconderse al extremo opuesto del vagón, y luego, afrentado y corrido, escapó de allí en la primera parada del tren Colocado fué en el lindo acerico del gabinete como en el centro de un escudo, ¡blasón de gloria! el alfilerito, ¡espina de una flor! ¡Yenga, se decía, á competir conmigo en triunfos y dignidades la fanfarrona espada, la cual puede que hoy enmohecida se halle en el revuelto montón de cosas viejas de alguna obscura prendería! JOSÉ (ILUSTEACIOSES DE S E O S) ZAHONERO EFECTOS DE UN ESTOENUDO, POR FILIBEET