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583 puntados, produjeron en la piedra un. haz de brillantes, azuladas y rojizas chispas, de las que á veces abrasan los ojos del obrero. Púsosele luego en una de las filas de un papel de á diez céntimos, pasó á los almacenes, y de éstos al cajoncillo de una quincallera ambulante. i Cuan gratas sensaciones agitan á un alfilerito nuevo que, no teniendo mala cabeza y considerándose mozo de punta, oye gritar á la vendedora: ¡A perro grande el papel. de magníficos alfileres! Oírse llamar magnífico, es cosa que en la juventud produce las más risueñas ilusiones; y debemos confesar que el alfilerito las tuvo de las más lisonjeras. Pasó después nuestro personaje, del cajón de la quincallera, al perfumado cofrecillo de una joven modista de la corte. Cuando él se vio en el taller y oyó las alegres risas, la charla animada y el regocijado cantar de las obreras, jóvenes muy vivarachas y lindas, y cuando oyó hablar allí de duquesas y princesas, concibió la ambiciosa esperanza de poder llegar algún día á servir en el prendido de una reina. Sabido es que los trapos y los papeles son una familia muy ligera y alborotada, y hasta que la aguja los afirma ó la cola los pega, fuera difícil el sujetarlos si un ejército le alfileres, á modo de guardias civiles, no se empleara en prenderlos y juntarlos, siquiera provisionalmente; así es que por par I del papel, pasaron de la mano á la boca de 1 á rasos y adornos, los hermanos de nuestrc filerito. Pero cúpole á éste mejor suerte; porque Í- mañana de un domingo de primavera, su di tomóle para prender una rosa en el ojal de I vita de un gallardo caballero, é hízolo dicii al propio tiempo muy cariñosas frases á a su enamorado. El caballero, luego que la flo tuvo marchita, prendió con el alfiler una fi de tela, con la cual, y dentro de una lujosa v de acero, se guardaba una soberbia espada hacía ésta sino murmurar de continuo, que dose de verse allí en un rincón, dentro d (saco, como pudiera verse un miserable para ¿y aprisionada por ruines alfileres, ¡ella, que gún decía, había nacido para la defensa de la honra y la conquista de la gloria, para trastornar pueblos, y tal vez para derribar I imperios No pudo sufrir el alfilerito aquellas vanidosas, ofensivas é impertinentes exclamaciones, y aflojando un poco el prendido, dejó caerse al suelo, y allí al siguiente día lo arrolló la escoba, y con otras barreduras arrojóle á la calle. El chicuelo de la portera le vio, y tomándolo, sujetó con él la cola de una enorme cometa; y ved aquí cómo luego hubo de ascender el alfilerito por los aires casi hasta las nubes, y él, diminuto é insignificante, vio el mundo á sus pies, reducidas á despreciables proporciones las calles, las pla a los edificios de la gran ciudad; contempló lo valles, los ríos, los montes; un admirable portentoso paisaje.