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571 -Bueno, pues dime cuál. -Yo no le i ide la cara, pero me ha robado el mejor capón de mi corral; ya ve usted, señorito, le estábamos cebando para vendérselo á D. Claudio Sánchez, canónigo de Falencia, que no hace diez días me lo habla encargado, porque espera un forastero, un señor de Madrid- ¡Bueno, bueno, buenol exclamó impaciente el capitán; y dirigiéndose al jefe y haciendo el saludo militar, dijo: -Con la venia de usted, mi teniente coronel, voy á ver qué ha sido esto; y el capitán se dirigió al escuadrón, en tanto que el teniente coronel, mirando compasivamente al aldeano, sin duda creyendo que éste se afligía por pobreza y no por avaricia, arrugó el entrecejo, afieró los ojos, y espoleando al caballo llegóse, seguido de Pachín, hasta el frente del escuadrón. ¡A veri gritó con voz áspera y bronca y en extremo imperiosa: sargento! á registrar á todo bicho viviente los maletines de silla, prontol El sargento hizo el registro de su propia montura y equipaje, y luego registraron al Guaja y á todo el escuadrón. Nada se encontró. El atrevido Pachín, que se hallaba cerca del jefe, se atrevió á murmurar: -Lo que yo decía, jni una plumal Son unos bribones estos pardillos. Entonces la cólera del teniente coronel acreció aún más, y volviéndose hacia el aldeano le dijo: -Ahora los palos van á ser para ti, para que otra vez te mires bien antes de calumniar á los soldados. Un brusco encogimiento de cuerpo removió al aldeano, el cual, con los ojos muy abiertos, los brazos extendidos, pálido el rostro, viva imagen del terror! casi á punto estuvo de llorar, pidiendo misericordia. No hay tu tía, perillán, no hay tu tía! Señor coronel, mire vueeneia que yo me he engañado, que yo pensé ¡Ay, madre mía! ¡Ay, en qué hora me dio en venir á contar á usía lo del capón! ¿Y qué perdía yo con ello, después de todo? Compadézcase suliistrisma de mí! ¡Mire que soy viejo y que no hice mal á Tiaide en cosa denguna! Y con esto, púsose de rodillas y puso los brazos en alto y las manos cruzadas. ¡No perdamos tiempo, que bastante nos has hecho perder, replicó el jefe. Pachín, que estrujando con la mano los labios había reprimido la risa y había mirado hasta entonces con ojos burlones el espanto del campesino, púsose grave y llegó hasta sentirse compadecido al oir al aldeano quejarse de que era viajo, que podía morir de la paliza, y que dejaría en el desamparo á un pobre muchachillo, nieto suyo. En aquel momento, acercándose el corneta prontamente al jefe, le dijo á media voz: -Mi teniente coronel, no mande uzia apalear á eze hombre, porque entre nozotroz eztá er capón. -jEhl Qué dices? -Lo tiene uzia. ¡Cómo! exclamó, entre indignado y sorprendido, el coronel. -En htpiztolera dacá, psiopelao; no tié ni una pluma. El jefe no pudo contener su risa, y sacando con disimulo un bolsillo y de él una moneda de diez reales: -Toma, dijo en voz baja á Pachín, dale á ese pobre diablo este dinero; y luego exclamó en voz alta, dirigiéndose al campesino: -Estás perdonado; pero ¡cuidado con otra! ¡Capitán, en marcha! El jefe picó al caballo y emprendió el camino, en tanto que Pachín, dirigiéndose al atortelado labriego, le puso en la mano un ovillo de bramante arrollado á una corteza de pan duro. -Ma dicho er jefe que guardes ezto pa recuerdo; miÁ que de güeña tas librao, que zi no es por mi influensia, te dejan er pellejo esjUaeliao ó con Jlecuz Quedóse el aldeano estático, sin comprender cosa alguna de todo aquello, é iba ya á interrogar al Guaja, cuando el mozo, en un vuelo, montó, picó el caballo y fué á unirse al escuadrón, que ya en marcha seguía carretera adelante refrescado y gozoso, lleno del bullicio y movimiento de un enjambre viajero. Tal es, por mi referida, aunque no por mí inventada, una de las muchas aventuras del Guaja Pachín, que por ser cierta tiene, por lo menos, el encanto de la verdad. Josí ZAHONEEO LA CONSIGNA, POR MELITÓN GONZÁLEZ ¡Alto! ¿quién vive? -España. ¡Cabo de guardia, aquí está España!