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570 Buen pueblo de pesoal dijo un soldado. -Y imevito, como hay Dios. Eza ez la igrezia oride bautizaron ar zñüó Xoé, apuntó otro. -Püallá tocan á rancho, dijo un tercero, encantado con el galimatías de los corrales. JSr pueblo de mi abuela es un cascajo, con ilmientos po arriba, tejas pa bajo, y por máz zeñaz, que no hay máz habitantez que las sir iieñaZf cantó uno de los de mejor humor, y aplaudieron los demás, y oyóse el grito de ¡aguaal qne alegró á todos y avivó á los caballos; y luego, por acelerar el paso, fueron avanzando, hasta que ya á no mucha distancia del pueblo se dio la voz ie ¡alto! Formó el escuadrón, dio el sargento la voz del silencio, y medio empinándose en los estribos el capitán, puso pulpito y largó una ohilleria, con sn voz de clarinete desafinado. -Muchachos: vamos á sestear en la alameda del pueblo, y está ahí el teniente coronel, y voy á ser muy clarito. Al que moleste á algún vecino ó haga hurto, aunque no más sea que por el valor de un alfiler, le mando dar un pie de paliza que le desforro el pellejo y le desencuaderno los huesos. Conque al que pesque en una no le vale la bula de Meco, y se chupará veinte palos justitos, uno tras otro. Dicho lo cual dio la voz de marcha y entraron en el pueblo, entre el asombro de las mujeres, la medrana de los vecinos y la alegre curiosidad de los chicuelos. Cuando llegaron á la plaza, ya el teniente coronel j el comandante habían subido á la sala del Ayuntamiento, y Pachín llevaba á la alameda que habla próxima á la, iglesia los caballos de los jefes. Luego, durante todo el día, el pueblecillo apareció pintoresco y ruidoso. Pululaban por sus callejones estrechos los soldados, cuyos uniformes hacían realce de colores en aquel fondo gris pardusco de las cercas y de las tapias, y por tal manera, los cantares, el piropeo á las mozas, la jovialidad ruda y extremosa de aquellos pacíficos, aunque terribles invasores, contrastaba con el receloso temor de los aldeanos. A la tarde, el toque de llamada reunió, formado frente á la alameda, el escuadrón. Ya el teniente coronel se disponía para montar á caballo, que Pachin tenía de la brida, cuando un aldeano acercóse al jefe y al comandante y al capitán del escuadrón, y con voz lamentosa, quejido de avaro 5 empezó á decir que le hablan robado un hermoso capón de su corral. ¿Quién? preguntó el capitán. -Un soldado. K. -í