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f r- -pTH 5 t, Pachín el Guaja iba entre el escuadrón y los jefes; brillaba en su cintura la dorada corneta; detrás de él caminaba el capitán jefe del escuadrón, hombre que, no por ser gordo, dejaba de ser sañudo y un tanto severo; y valiente, ¡vaya si lo era! que aunque no venga á cuento decirlo, bueno es saber que de aquel pechazo ancho y robusto salla una voz atiplada, vibrante y metálica como un clarín, desgarrada, fiera, y tan excitadora y dominante, que imponía la obediencia pronta é impulsaba al ataque resuelto y furioso; y como hombre de sable y de corazón, lo era afamado D. Francisco Cabana. PueF, señor, fué el caso que, en tanto que por no quebrantar los caballos marchaban como á pasito de muía, el Guaja se entretenía, no sabemos en qué amafio, con largo bramante y una dura corteza de pan, que iba atando prietamente al extremo. ¡Truhanería segura! No había sino que mirar aquella cara de picaro, en la que se daban más malicias que en las de todos los tunantes del escuadrón, para comprender que el trompeta era ingeniero de raterías y una enciclopedia, de argucias. Al salvar una cuesta del camino resoplaron gozosos los caballos, barruntando frescura y descanso. Apareció á la vista una torrecilla barrosa y tuerta, por tener, de dos troneras, la una tapiada, y en la otra revolvíase un esquiloncejo que, visto de lejos, hacia el efecto de un parpadeo ó guiño. En torno del campanario y de la iglesia se desparramaba una veintena de casuchas achaparradas y obscuras, por cuyas chimeneas blancas, como cigarrillos de papel encendidos en boca de hombre adormilado, subían al cielo azul espirales de humo. Era tan bronco el esquilón, que su sonido no llegaba á los soldados; en cambio oyeron éstos el canto de los gallos, pujante y vocinglero.