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565 del público, confundidas con los hombres. Nadie se asusta ni se sorprende. Las mujeres piensan tal vez que, así como se permite jm ar á los marinos, sobre todo en el teatro, en el mar pues es claro, el mar autoriza muchas cosas, y bien puede haber un pudor de agua dulce y otro de agua salada. Así como así, las pobres Nereidas hacen á la castidad el mayor de los sacrificios: el sacrificio de su belleza. Con el traje de lana, la bata, el pantalón y la gorra de hule, las náyades de la Concha y de la Playa de los Locos parecen un ejército de monos tiritones corriendo por la arena. Es decir, que obligadas á bañarse a la vista de los hombres, han imaginado las mujeres rodear su pudor con un velo de fealdad. ¿Qué más pueden hacer? A las diez de la mañana, entre filas no muy compactas de curiosos, bañistas de porte fino que madrugan para hacer la visita de aspecto, van llegando á la playa muchos grupos en negligé de mañana, compuesto dé esas mil futilidades costosas y caras que la moda encuentra en el supérfluo de ciertos animales rumiantes ó en los gusanos que se arrastran á nuestros pies. Mirad aquella señora, qué orguUosa va: lleva un chai tejido con el pelo de ciertas cabras del Thibet. Mirad ese otro vestido, impropio del sitio, sobre el cual llueven miradas desdeñosas de las demás mujeres, porque no tiene el chic de la playa. Mirad en aquel grupo pintoresco una viuda sentimental, vestida de escabiosa, quiero decir, de flor de viuda que es una bonita flor de color lila. Mirad, por último, aquel otro grupo más bullicioso: se comiione de lo más distinguido, de lo más selecto, fino, cortés, desenfadado y elegante de la sociedad refinada, de lo que en Madrid llaman algunos helenistas la crema, j en la playa dicen sencillamente los madrileños Haciendo pinietas con un bejuco de junquillo, saltando de flor en flor, como si dijéramos, marcha á la cabeza un joven esbelto, de bigote lacio y encarnación pálida, que viste un terno de franela clara, sombrero de paja hechura de bombero, tnonocle de. cristal de roca con ancha cinta flotante, y una roseta encarnada en el ojal. ¡La roseta! Es él poema de la idolatría para el viajero español que veranea en ó cerca de Francia. Es él amor alrojo, la adoración del rojo, el delirium tremens del rojo; el color que seduce á los niños, á los salvajes y á los toros; el color que anonada y obliga á descubrirse á fondistas, y hace exclamar á los camareros, frotándose las manos: ¡un monsieur decoré! A las once, la playa resulta intransitable, pero lo que resta que ver en ella es poco y uniforme. Los grupos ó parejas se extienden por la arena ú ocupan las casetas. Las señoras elegantes se visten de caoutckouc ó de novedad llamativa, y acompañadas por toscos bañeros, ó arrastradas con casetas y todo por bueyes domésticos, llegan patinando á la orilla del mar, se santiguan con el índice, mojan el blanco pie en el líquido elemento, y empieza la algarabía en cuanto la primera ola desatenta pasa por encima de la primera belleza del interior. Ya están juntos dentro del agua, ellas y ellos. ¡Y qué feos resultan ellos al lado de ellas! El salmón junio á, la, dorada; el barbo detrás de la, lubina. ¡Echad un velo, dioses inmortales, sobre la prevaricación ó el contubernio de semejante asamblea de peces humanos! ¡Dejad que cántenlas sirenas en sus palacios de cristal, y no permitáis que los Silenos vayan á turbarlas! Es verdad que la ola de la Concha, por ejemplo, ha rebasado las cumbres del pudor, pero eso no es bastante motivo para tolerar que los nadadores masculinos establezcan confusiones dentro del agua. Existe separación en un determinado radio de la playa, pero no en toda, y la prohibición debía ser absolutamente general.