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FOTOGRAFÍAS INTIMAS DON FRANCISCO SILVELA o manejo el cincel, pero si yo tuviera uu nombre en la escultura y me encargaran la estatua de la corrección, haría sin vacilar el busto de D. Francisco Silvela. Todo el mundo le recuerda en los bancos rojos de la oposición, disparando bala roja contra el Gobierno, pronunciando un discurso cortante como una navaja de afeitar, y mostrándose, sin embargo, sereno, irreprochable, sin descomponerse nunca. Todo el mundo le ha visto en el escaño azul defendiéndose con bravura de las minorías, parando con aplomo las estocadas de los contraiios, pero sobreponiéndose siempre á la ira natural en el combate; rajando, mas detrás de una exquisita cortesía; abrumando con su sátira y conservando íntegra su pulcritud de estilo, de figura. Cuando, llevado por el deseo de que apareciera en esta galería de notabilidades, le visité en su casa, el hombre en privado resultó lo mismo que el hombre público: atentísimo, galante, deferente, y dentro de una absoluta armonía que comenzaba en la levita, sin una arruga, y concluía en la dicción, sin un descuido gramatical. Y es el cuento que el que juzgara al ático orador por semejante formalismo, por semejante cuidado de lo externo, se equivocaría de medio á medio. Kl ilustre ex mimistro es uno de los pensadoi es más profundos de nuestros tiempos. Le sucede lo que á esas corrientes muj hondas de los ríos caudalosos, que no levantan oleaje. La opinión, que no siempre es la voz de Dios, como quiere la máxima latina, ha trazado á su manera la figura de Silvela, y para el pueblo será siempre éste el político impenetrable, florentino, que tiene por palabra una daga con puño de oro, pero daga al fia. Errónea opinión; la gente se olvida de su historia, tal vez ávida de emociones, ó impresionada sólo por lo que brilla, no se acuerda de que en la silueta finísima y suave de D. Francisco hay un legislador de cuerpo entero. Una de las páginas de gloria en la vida pública del simpático ex ministro conservador es, sin duda alguna, su intervención en las disensiones de la ley del Matrimonio civil, su famosa enmienda de las dispensas de parentesco, que, defendida por su autor con un desbordamiento de raciocinios, de modo matemático, por decirlo asi, en tan grave aprieto puso á sus mantenedores. La suprema aspiración de Silvela, á la que ha consagrado todas sus fuerzas desde el Gobierno, no puede ser más grande: cífrase en el propósito de nuestra regeneración administrativa. Y por si nada de eso bastara á poner de relieve al pensador, aparte sus informes forenses, ahí está su libro acerca de la correspondencia entre Sor María de Agreda y Felipe IV, precedido de un admirable estudio critico de la época. Quedamos, pues, en que á pesar de no vivir entre infolios y de usar camisa limpia, no obstante su palabra dulce y sus miramientos corteses, sin embargo de que carece de las rudezas y abstracciones del género, es D. Francisco Silvela un filósofo que resultaría bien llamado de guante blanco La clave de la manera de ser de Silvela es sencillamente su exageradísimo buen gusto, juez implacable que, por instinto, sin que preceda quizás el fallo de la inteligencia, rechaza y anatematiza cuanto ataca al verdadero concepto de lo bello. Su Filocalia, escrita en colaboración con el chispeante literato Santiago Liniers, sus neo- clásicos, no son sino manifestaciones de este buen gusto, implacable con lo falso, lo malo y lo absurdo, que le llevan á defender con suprema gallardía los principios estéticos. Su talento inmenso, su espíritu profundo, su razón clara, su erudición copiosa, su palabra fácil, nada escapa á la aduana de su buen gusto; como el niño menor de la casa mimado y consentido, su buen gusto se impone á todas las demás facultades y las sujeta á su veto. Es D. Francisco Silvela en la conversación familiar un hombi e chistoso y ocurrente, que esgrime con frecuencia la sátira fina; pues ni aun entonces, cuando arranca la risa á costa de alguna humana debilidad, le deja indefenso su buen gusto, que dora el dardo y lo encubre con una exquisita delicadeza, sin disminuirle por eso la punta. Lo repito, sintetizándolo á la moderna en una frase: un correcto. De tal palo tal astilla, o traducido á mi manera y para mi uso, á tal hombre tal despacho. El mismo buen gusto peculiar en su persona échase de ver en la estancia donde trabaja. Nada de ostentación ni de lujo. Verdadera, exquisita elegancia, sencillez. Mesa ministra de roble, sobre la que descansan sin afectación sin estar allí puestos para que se vean, varios libros de Derecho y uu fárrago de curialescos papeles, un tintero repujado de hierro y bronce, y un tarro talaverano de botica para las plumas y lápices. A la derecha, al alcance de la mano, un mueble secretario con tiradores de plata en los cajoncitos. En una esquina la librería, abarrotada de tomos empastados, de poca altura sus estantes, corridos en ángulos por los muros; sobre los estantes un nermoso tibor, y otro parejo sobre un armario. Una mesa auxiliar con un reloj; un portarevistas; butacas y divanes de grandes flores. Coronando el sillón presidencial, un retrato antiguo al óleo; en las paredes, cuadritos de Muñoz Degrain y de Saint- Aubin; sobre la chimenea, un busto de Kibera, una fotografía de la Reina Eegente con expresiva dedicatoria, y dos aguas fuertes de Maura: D. Manuel Silvela y Alfonso XII. Muchos despachos existen en el gran mundo más suntuosos que el de D. Francisco Silvela; pero si se examinan despacio, caen bajo la jurisdicción de La Filocalia, el reglamento ya mencionado contra los cursis, escrito con el sano propósito de extirpar tan tremenda plaga. Predicando con el ejemplo, el insigne ex ministro ha observado fielmente los estatutos por él establecidos, y así su cuarto de trabajo, respondiendo á la corrección suprema de su persona, es también de una suprema distinción. JüAs LUIS LEOír