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541 barreno que horada, y se lanza en el averno de una noclie lóbrega, negra como boca de lobo, y llama con ansia al sol para jugar con sus resplandores y meterse de nuevo de cabeza en otro túnel más largo; ese monstruo apocalíptico, no adivinado hasta que el hombre miró cara á cara al sol; ese aparato mecánico que nos visten y adornan y nos presentan disciplinado como un reloj y sometido como una caja de música, será para mí siempre, lo declaro, motivo de perpetuo asombro y de constante admiración. Por lo demás, la humanidad displicente que viaja, y el eterno femenino que busca el secreto del no ser en esas combinaciones atrevidas de la materia, que ya nos han dado el telégrafo, el teléfono, la ekctricidad y la fuerza irresistible del aire comprimido, en cuanto toman asiento en los mullidos almohadones de los reservados, lits- toilletes, de las berlinas íntimas y de los cupés aristocráticos, dan al olvido los terrores que les inspira la máquina, y si llevan merienda, comen emparedados y jamón con la misma tranquilidad que lo harían en la Cantina de Lhardy. Se deja uno llevar sin aprensión; se desboca entre agujas y placas con la indiferencia más estoica, y en cuanto la noche cierra del todo, lo cual anuncian con anticipación los faroleros, el que tiene cama se desnuda y la usa, el (jué no tiene más que asiento holgado se atroquela y se amolda y se duerme como un bendito, hasta que el revisor asoma la gorra sin ceremonias, ó el primer rayo del sol del nuevo día le da en los ojos. El reloj dice que hace diez ó más horas estamos jugando al juego peligroso de viajar, bajo la dirección y garantía de una caldera de vapor. El paisaje accidentado demuestra entonces que se ha cambiado de país y de atmósfera. Ya hace fresco. Ya se respira ENRIQUE SEPIJLVEDA.