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MADRID DE VIAJE III TREN EN MARCHA i Dos toques de campana; uno de bocina; un silbido corto y suave: otro largo y penetrante, y. allá va el tren, y en él una porción de personas á correr sobre los carriles de acero como alma que lleva Satán; porque á mí no hay quien me quite de la cabeza que aquello que rebulle dentro de la locomotora y brama y silba y lanza bocanadas de humo, chispas y llamas, es el misuíísimo infierno, reducido por la divisibilidad, como acontece con la, luz eléctrica, á uu choJTO simple de fuego amansado por las calderas y los tornillos del regulador de la máquina. Esa fiera de vapor que arrastra lujosos coches la hemos inventado nosotros, y nos llenamos de entusiasmo artístico; y nos horrorizamos también cada vez que, disíraída ó rebelde al freno, descarrila y se lanza al abismo. Aseguro que de todas las audacias humanas, ninguna me impresiona tanto como el problema que dio por resultado la X de un tren en marcha. Esa fila de coches enganchados con garfios unos á otros y adheridos al ¡loderoso artefacto que anda sin pies y vuela sin alas, y grita rebramando en hórrido estampido como el trueno lejano, ó arrulla como el león en la selva, como el elefante, como el rinoceronte, ó como los monstruos antediluvianos de que nos hablan las fábulas mitológicas; esa serpiente con cabeza de di- agón y anillos de hierro, que se plega y se desplega y se arrastra, y salta de roca en roca, y se desliza al borde de los abismos, y penetra silbando en las entrañas de la tierra, y atraviesa las montañas más altas cual