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538 en ol izquierdo? parece que se pinta las cejas, ¿tiene el humor herpético en el lado derecho- ¡E n el izquierdo, señora, en el izquierdo! Muchas sí- racias. doctor; era el único dato que me faltaba. i j Y volviéndose la señora en cuestión, esto es, la guia del perfecto bañista, hacia su m a n d o le dice con verdadera fruición y tonillo de importancia: -Es en el izquierdo. ¡En el izquierdo! repite el marido al comensal inmediato. ¡En el izquierdo! profiere éste á su vecino. -A los cinco minutos los noventa y tantos huéspedes del balneario saben (pie la señora recién llegada de Valladolid tiene un vicio herpético en el lado izquierdo. E r a el único dato cjue faltaba; saber el lujar del vicio. E n esto el médico ha llegado ya á puerto de refugio, ó sea al sitio que en la mesa ocupa el bañista agradecido; un señor muy grueso que va á las aguas por gratitud, y no por necesidad; por gratitud de qué el año? 2 le curaron u n catarro rebelde á toda clase de pañuelos. ¡U s t e d siempre tan gordo y tan sanóte! le dice el médico campechanamentci. -Gracias á estas milagrosas aguas, excelente doctor y ami o mío. Cuarenta y tantos años seguidos las vengo tomando por gratitud. He conocido veintisiete aguadoras, y todas guapas. Estrene el pulverizador primero de la izquierda, según entramos en la sala de pulverizaciones, y la duclia renal, la de chorro continuo, salvo la parte. He bebido dieciocho mil vasos de a g u a y he tomado seis mil y tantos baños, y me tiene usted más fuerte cada día. ¡Conmigo no i) uede nadit -S í que está usted duro, amigo mío, -responde el médico; añadiendo en u n rapto de franqueza: ¡P e r o para duros los pollos que nos han servido hoy, camarada! Se han vuelto casi enteros á la cocina, y hay que advertirle al cocinero (pie si mañana nos los vuelve á sacar, los guise con (jl agua de los manantiales. orque estas aguas son excelentes para todo, según cousigníj yo en mi Memoria, y, ¡qué diablo! si consiguen ablandar esos pollos, le digo á usted que no hay virtud como la suya. E n esto comienza el desfile de los comensales, y cada uno se va á su cuarto con su tos, sus palpitaciones, su reuma ó sus malos humores. E s la hora de la siesta y de las digestiones fatigosas. JNO las turbemos con nuestra indiscreta chachara, y dejemos al dormido balneario en paz. ¿Es un hospital? ¿es un manicomio? ¡Qué sé yo! E s un sitio donde hay un médico, un chorro de agua, unos pulverizadores, unas duchas, una aguadora, un cocinero, muchos pollos duros, y un hombre agradecido. ¡Un hombre agradecido! ¿Quieren ustedes hallar cosa más rara que u n balneario? JOSÉ DE ROUEE. UN BAÑO